Horas químicas

El Chiqui, un futurible para Susanna Griso

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Tenemos un nuevo bar de copas en mi calle, con nombre de bar de copas de los que no desentonarían en un Al Salir de Clase. Con gente a juego: humanoides más talludos que yo actuando como si les pagaran por hacer de adolescentes, cogiendo curdas de las de cantar orfeón y tonada montañesa -cualquier día se traen aerófonos tradicionales, pero eso es problema mío en primer lugar y del señor juez y Susanna Griso a posteriori-  y revelando su edad al relacionarse entre sí como si no existiera Internet más allá de Facebook. El bar se montó en 24 horas, porque el anterior dueño cerró justo antes del Orgullo: cargaron barriles, quitaron el letrero anterior, rociaron todo de químicos limpiadores capaces de borrar el alma y arrojaron las mesas, las sillas y las letras -una por una- al contenedor de al lado de la Escuela Oficial de Idiomas. Las letras, unas Arial Bold sobre fondo blanco de las de salir del paso, podían combinarse para escribir Il Quiche, Que Chili y nada más.

El Chiqui era un cincuentón como de metro y poco de mala hostia, voz de ultracazalla más propia de una moto tocada que de una laringe humana y, si yo fuera de juzgar por los manierismos (que lo soy), unos 120/100 puntos en el test “¿Es usted un ex convicto?”. Llegó un buen día de invierno -supongamos, que podría ser cualquier mes: el calendario hace tiempo que me lo jodieron el tuiter y los excesos de una vida alejada de la ética Kleinheuschreckenarten– y abrió un bar homónimo, un bar español y recio de servir café de mierda y menú del día. Pintado en un bitono de mosto y pegote de miel cuando se seca.

El día que abrió me encontré a un half-pint de media melena cana rematada con frondoso capitel de tupé quinqui, bracitos como barrotes y cara de haber interiorizado muchas cosas desde su más que posible malnutrición infantil: la mitad por vía parenteral y la otra mitad por vía tópica a nudillo cerrao. Entré al bar a comprar tabaco y plantearme si desayunar allí. Al no contestar ni a los buenos días ni a las gracias ni emitir ningún sonido salvo un bufido al activar la máquina, deseché los desayunos. Al tercer día, posiblemente seguía siendo la única persona en entrar en el bar: todo silencio, bufido e Intereconomía en la tele. Durante la jornada, El Chiqui salía a la calle, cruzaba los brazos y en algún momento ponía unos mantelitos en las mesas y colgaba una pizarra en la que pergeñaba con letras de zurdo un menú indescifrable… Con lo que si alguien quería saber qué había para comer tenía que ponerse justo al lado de ese Zoltar hierático de la mala vida, sospechando -y acertando- que el cocinero y la miniesfinge de pantalón sobaquero y camisa de cuadros de la que asomaba un destornillador en el bolsillo de la pechera (de entre todas las cosas) eran uno y lo mismo.

¡Zoltar! (Downtown L.A. Si echas una moneda, te conviertes en TOM HANKS)

A partir del cuarto día la gente seguía sin venir y el sitio empezaba a oler a cerrado. Mi teoría es que su dueño había chupado tanto talego que se le escapaba por el sobaco e impregnaba el bar. El Chiqui ahora interactuaba con el barrio a su manera: se cagaba en el Barça y en el Atleti; insultaba a los socialistas sin que hubiera ninguno a la vista, a los emigrantes cuando los únicos visibles eran dos rumanos encofradores que por primera vez entendieron el españolísimo concepto “Pacoscu, que te pierdes” y a los gays del barrio con la única semiconfirmación de su estatus social, “en el talego os metía yo a coger por el culo”; soltaba piropos a las chicas a treinta metros que viraban hasta unirse a los rojos en su no-presencia;  y lanzaba a las calles a Rambo, su perro. Sin correa ni bozal ni hostias, el terror de la rúa, sacando el subwoofer “¡RAMBO! AQUÍ” cuando el perro se acercaba mucho a la gente. Rambo, a todo esto, es el cocker spaniel más majo que he visto en mi vida.

Al mes y medio -durante el que sólo entraron dos cuarentonas una tarde, que yo viera. Y sin que nadie hubiese comido nunca allí- volví a entrar a por tabaco, buenos días, por favor me activa la máquina, gracias, ya. Olía todavía más a cerrado, un poco como deben oler las estancias herméticas a los Perros de Tíndalos sumadas a las casonas quietas de la Castilla, telarañas y polvo como para retirar al atrezzista de Robert Smith detrás de sus portones de madera con cerrojo de herrumbre, . El Chiqui, antes de irme, me dijo “EH”. Y luego “gracias, chico. Muchas gracias”. Un espejismo. Tanto antes como después seguía en la puerta insultando a casi todos sus clientes potenciales. Poco después hablaba por teléfono en la calle haciendo números con un amigo: “es que no sé, no sé, estoy mirando la poliza de incendios, a ver si saco algo de toda esta mierda. Puta crisis, puto Zapatero“. Me fui a Los Angeles. A la vuelta, El Chiqui echó la trapa. Dos semanas después ha abierto el otro bar, aún sin repintar, donde todos los químicos del mundo todavía no han exorcizado el olor a reja. Petado hasta la bandera desde el primer segundo con todos los éxitos del pop español a todo trapo desde la tarde hasta la madrugada.

Querida Susanna Griso: si El Chiqui se pasa algún día por aquí y reacciona como es de esperar cuando vea cómo su última esperanza de una vida normal ahora es un bar de éxito (al que los vecinos ya graban desde el balcón sus madrugadadas con la puerta abierta y el folclore popular en su terraza imposible -esas calles de aceras mínimas de Madrid con bolardos, ahí vivo-), puedes usar mi testimonio y mi entradilla. “Un ex convicto que intentaba enmendar su vida y se topó de bruces con la herencia recibida, incapaz de integrarse en la sociedad tras su paso por la cárcel, prende fuego al negocio que le sucedió”. La desesperación, la falta de algo que perder además de Rambo, motivo, medio, oportunidad. Intereconomía, homofobia, misantropía, un mechero, un perrito por adoptar a posteriori, el drama español: lo tiene todo para ti. Y, por mi parte, sólo soy un ciudadano que intenta aportar su “se veía venir” al tejido social patrio. ¿Quién más iba a incendiar este nuevo bar, sobre todo los que vivimos encima?

Written by Javi Sánchez

julio 12, 2012 at 11:17 am

Las dos primeras fotos

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Temo y detesto a Arianna Huffington, pero sería imbécil si no reconociera lo que ha hecho: convertir un portal de blogs en “el nuevo nuevo periodismo”. The Huffington Post es una cosa basada en la información política tirando a babor (a lo que entienden los yanquis como tal) y la opinión a cascoporro mediante firmas y más firmas, en las que conviven perfectos semidesconocidos con los gurús demócratas de turno.  Temo y destesto a la Huff’ porque me parece una pesetor de cuidado, que pregona a Keynes mientras busca fórmulas para no pagar a sus colaboradores (con “el viejo viejo editorialismo” de oyetútepromociono) y al mismo tiempo se embolsa 315 millones de dólares panoja en mano tras un acuerdo con AOL.

Pero creo que hay algo por lo que el HuffPo’ funciona tan bien:

Foto “a cinco” haga sol o truene

Huffington Post siempre abre con una fotarraca y un titular como si se acabara el mundo. Los plumillas, por deformación, tendemos a pasar de las fotos que da gusto, un mal hábito que reconozco y quiero romper, que para algo tengo pareja fotógrafa. Además, el único sitio en el que a día de hoy hago noticias a diario nos tiene (a John Tones y a mí) bien leída la cartilla: ninguna noticia sin foto o vídeo. Me cuesta habituarme (y eso que me tiré seis añitos en una revista en la que la imagen determinaba el contenido), pero tienen razón. Esto es Internet, coño, es la Esparta audiovisual: el relato del mundo  ha de entrar por los ojos, como las mayúsculas de La Historia Interminable.

Y todo esto viene por mi paseo matutino por la prensa digital española. Llevo un tiempo indignado con el creciente espacio dedicado por TODAS las cabeceras a los deportes, que ya suponen entre un cuarto y un tercio, siendo generosos, de la portada diaria. Imagino que a modo de azucarillo para el asco nuestro de cada día: pasará mejor, pasará mejor. Así que hoy estaba sacando capturas de las cabeceras nacionales para enfadarme mucho con esto del espacio dedicado al deporte cuando me di cuenta: ay, las fotos, el relato del mundo, que se viene abajo y lo único que entra por los ojos es hierba y gente en pantalones cortos al primer vistazo, o ni siquiera. Supongo que las cosas en iPad serán distintas, pero el iPad es luego y élite y cántaro lechero, y la prensa debería ocuparse de llegar con vida al luego, recordar un poquito quién le daba de comer y por qué se ponen fotos: puede que la gente ya no sea analfabeta integral pero, narrativamente, la eme con la a como que no.

Así que me propuse buscar las dos primeras fotos que se ven al cargar la página, sin hacer trampas como en la captura del HuffPo’, donde bajé un poquito para sacar la foto entera (pero aún así se ve más de la mitad de primeras). Para sacar de un PrtScr qué entienden visualmente los periódicos sobre el está pasando, lo estás viendo. Vean el panorama:

EL PAÍS: 1- Fútbol.  1,5- en Eskup, un trocito de avión en el que ha “llegafo” alguien a algún sitio. Es sólo fotonoticia, no tiene información adicional, no está relacionada con nada que podamos ver a simple vista, hay que bajar para entender qué es o por qué importa. Pero eh, esa columna funciona como un canal de teletipos, no me hagan caso.

El Mundo: 1 -Fútbol. 2- Fútbol. Estoy cantando mentalmente el estribillo de Alta Fidelidad de Lori Meyers, por cierto.

La Vanguardia: 1-Fútbol. 2-Vídeo de una folkie. Alegría. Y “tensiones de tesorería” va a ser mi eufemismo-villancico de estas Navidades: encaja perfectamente con “campana sobre campaaaana”.  Por otro lado, ¿ven el peluco? ¿El mismo que había en El Mundo?  Es un widget publicitario: Omega patrocina LA HORA DEL DÍA. A pesar de que está abajo a la derecha en mi ordenador, en formato digital y más legible.

ABC: 1- ¡El test de Jacko, queridas amigas del consultorio SuperPop!. 2-Fútbol. 2,5-La calva del señor que mató a Jacko con sus poderes prescriptores. Y, por favor, vayan leyendo a la izquierda lo que está pasando en el mundo real mientras las fotos hacen de orquesta del Titanic. Sé que jode, pero eh.

El Periódico: 0-El silencio visual. Por cierto, ese espacio blanco de arriba tiene un banner, sí, pero sólo para la edición catalana. Con su concepto de la imagen, El Periódico es ese amigo que le preguntas quétalunascañas y media hora más tarde estás pidiendo orujos a ver si lo tumbas y se calla.

No meto La Razón porque no lo considero un periódico.

Ya fuera, The Guardian tiene un fotón de una huelga (vaya, parece que hay una imagen que coincide con la narrativa de los titulares) y una pequeña deportiva. Un fotón como éste:

Le Monde: 1,2,3,4- Huelga (otra vez, va-ya), Irán, más cosas. Ese contenedor de Le Monde carga cada pocos segundos las principales noticias y sus fotos correspondientes. 5- Johnny Depp teme y detesta en Las Vegas. No hay columna de deportes porque sí. :_) Hasta hoy no me había dado cuenta de que los portugueses cogieron el término “huelga” directamente del francés, por cierto.

En The New York Times son unos pesaos y lo han sido toda su vida, pero como sí es un periódico elitista se lo perdono a ellos, y a ustedes la captura: es el único digital que parece una sábana hasta en una pantalluca y la única foto de hoy es de una casita campestre, a tope con el dinamismo. The Boston Globe, conocidos por su maravillosa The Big Picture, llevan una foto de tascas y otra de deportes. Etcétera, etcétera. Y luego nos sorprendemos de que Arianna Huffington lo esté petando con el expeditivo método de dar cada día una hostia en la retina.

Written by Javi Sánchez

noviembre 30, 2011 at 7:26 am

Publicado en Fotochop

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La cola del Dia me quita las ganas de vivir

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Tuiteo hace diez horas el título de este post y es cierto: cierto cuando lo escribo, cierto cuando lo dejo reposar y ceno lo comprado y duermo y me despierto sin ganas de vivir porque me las quitó la cola del Dia de la calle de Barceló, espanto de humanidad porosa y supurante. Un trozo bien grande de gouda, una coca-cola zero de dos litros, un calefactor gigante de lado a lado en las cajas atizando a los cajeros como pollos en lento asar, o amalgamas de pollo, cajeros pre kebab que se piden la botella de agua entre ellos.

Ya desde antes se pierden las ganas, las arrebata la entrada con el negro pobre que te dice amigou mientras mece, por alguna razón que se me escapa, un cochecito de niño blanco. Las cercena la presión de las estanterías maximizadas donde las personas sólo pueden penar sin retroceso, el viacrucis de los desayunos, el de las latas, el de los precocinados y así hasta el gólgota, donde aguarda el werepollo crucificado a caja gayola en la calefacción infame. Que te va a sudar el gouda, la coca-cola, las propias ganas de vivir te las va a sudar como emisario de la política humana del Dia: un calefactor delegando en su cajero el asco de la mano tumefacta y húmeda sobre el muslito pre púber de la compra, tan personal como la puta alma, si bien real y valiosa.

La cola del Dia nos hace a los procesantes mezquinos por contagio, aunque sea por el mínimo roce social, la interacción obligatoria con ese tipo de gente que sólo lleva unas natillas y les dejas pasar y ya que han pasado piden una recarga del móvil puede que por algo mucho peor que por joder al que le ha cedido el turno: porque ven natural, porque es conducta recargar el móvil en el Dia. Claro que es conducta, cómo canta los números, que se los sabe, que da igual que el cajero no los pille al vuelo y repetirlos a la misma velocidad y a la misma y otra vez, sosteniéndote la mirada y las natillas que compró, con ese encogimiento de algo, que no es ni de hombros: qué culpa tiene él, con lo mucho que recarga en el Dia, de que aún no se sepan el número. Por detrás el mugido y la protesta y la algarabía y ahí en chiqueros el jodido gouda, la coca-cola de las narices, el encajonado, el por qué [no compré en los chinos] a los cielos, el emputecimiento y ya en murmullito, como de pis, las ganas de vivir que se pierden, se mean patabajo: ése es el suelo pegajoso del Dia, ánimos de España filtrados por la uretra.

Luego, en la puerta, pensando en romperle la cabeza al de las natillas, como acto de afirmación, como única vía para recuperar lo bello y lo deseado, como ritual purificador al bañar el gouda y la cocacola y las monedas de la vuelta en su sangre para quitarle el sudor maldito del cajero pollo, me lo encuentro. Se va, se está yendo, se ha ido dándole 10 céntimos 10 al negro amigou y llevándose el cochecito del bebé blanco que llora tanto como frío hace. Blanco como el rapado natillero que no llegará a los 20 años y recarga el móvil en el Dia de la Calle Barceló. Y entonces no, me voy a casa y no le parto la cabeza con su móvil ni le tapono la tráquea con sus propias natillas hasta que se ponga azul y muera, no sea que alguien confunda su muerte con un acto de justicia, puede que hasta de humanidad.

Written by Javi Sánchez

noviembre 29, 2011 at 6:08 am

Publicado en De buen rollo

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Por favor, abre bien esa ventana

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El único libro de poesía que me llevaría a una pelea clandestina es “Cielos e inviernos”, de Ramón Irigoyen.

Para esta hora

Decir adiós, cuando uno aún no es viejo,
es como oler un perfume de hierbas
por la mañana, antes de ir al trabajo.
El baño se convierte en una sierra
anticipadamente fatigada.
El frasco de perfume es el emblema
de la montaña con tufillo a tinta
y en el espejo aletea un nardo
con las alas pisadas por la lluvia.
En el lavabo se ahogan unos tordos
que no pueden soltarse la corbata.

Decir adiós, cuando uno aún tiene ganas
de seguir por ahí a ver qué ocurre,
es respirar un humo que enamora,
por más que el humo, cuando es augurio
feliz, siempre lo es a corto plazo.
Aspirar hasta dentro el humo ese
es zambullirse en un río de soles
y sacarse un pañuelo del bolsillo
y alzar la mano a un árbol ya maduro
y limpiarle a la fruta los venenos
ante el asombro de las mariposas
que estaban ya poniéndose mohínas
al presentir en ese gesto
la tristeza de toda despedida.

Decir adiós, cuando uno tiene amor,
es imposible, pues los pies se agarran
a unos brazos con piel de golondrina
y uno se pierde en esos ojos grandes
y se esconde en el cielo de la boca
y siente que le nacen mil raíces
tan pobladas de pájaros y pájaras
que quiere aquí quedarse para siempre.
Decir adiós, estando enamorado,
es algo falso que la sangre niega.

Por eso hoy que estoy bien afincado,
nada puedo decir para esta hora,
aunque presiento oscuramente que
si muero en casa y alguien me acompaña,
le haré esta simple súplica:
por favor, abre bien esa ventana.

Written by Javi Sánchez

junio 6, 2010 at 5:10 am

Publicado en Ñoñokun, Poesía

Terminaré con un cadáver en mi cama: viernes, 30 de junio de 2006

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Salgo de una casa tras una espiral de mentiras de primer orden. La primera, a un ser querido, diciéndole que estaré donde no estoy ni he estado. La segunda, a mí mismo, pensando que soy un titán de la amoralidad y que qué coño importa todo. La tercera, a la jodida cocainómana, inversa comebolsas, que comparte conmigo sus estúpidos sueños sobre instalaciones, performances y blablablás, y comparte conmigo su pollo y A LA QUE LE SABE EL COÑO A VÓMITO. Así que finjo un gatillazo -no, no me voy a follar eso-, dejo que me la chupe hasta que termino y trague y corro a lavarme la boca antes que ella, pensando qué cojones hago ahí, por qué me estoy metiendo un gramo de cocaína con una yonki con ínfulas de bellartista A LA QUE LE SABE EL COÑO A VÓMITO -y no, me he follado unas cuantas farloperas y comedoras de pastillas, no es un cambio metabólico: es su puto coño de mierda-. Es entonces cuando me doy cuenta de que hay algo más patético que ella en toda esa escena, en esa casa repugnante, y soy yo. Así que me doblo, y empiezo a vomitar sin tregua, a vomitar espantado de mi misma existencia, y lo peor es que mientras vomito no puedo parar de pensar que mi vómito sabe a coño. A partir de ahora, no podré evitar pensar que el vómito sabe a coño. Qué asco, joder, qué asco, qué hijadeputa. Mírenme: soy un hombre que hasta ayer estaba orgulloso de pasearse por la vida gritando “me encanta comer coño”.

Written by Javi Sánchez

septiembre 17, 2009 at 11:52 am

Publicado en reblog

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Perseverancia/Rocablanca

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[vitalpost: créanme que éste lo escribo para leerlo yo cada día del mes de septiembre, es mi autopalmada en la espalda en tiempos de crisis. A ustedes, especialmente si no me conocen, les va a parecer aburrido y algo pagado de sí mismo: más o menos como era yo cuando tenía novia]

Ya tengo donde vivir en Madrid: es una habitación pequeña y recóndita, ideal para la privacidad, y nada apta para el amor. Su geografía se ubica entre discotecas, putas y comisarías. Vitalmente, obedece a una serie enorme de serendipias y vidas cruzadas, un reparto coral y magnífico que, paso a paso, me ha llevado allí, sin que (creo) ninguno de los implicados pretendiera que así fuera. Todas las noches que allí duerma, subiré una escalera para llegar a mi cama: es la inversa de mi primer domicilio madrileño, el de San Vicente Ferrer, que me vio todo lo que aquí pretendo recuperar. Mis compañeras de piso (hembras, dos, situación que ha causado la equívoca creencia entre el 90% de mis conocidos de que habrá mambo, y ya me da la risa) creen que soy un ser de fiesta y lilolilo y así me van presentando a su [al parecer enorme] círculo: fiesta y lilolilo. Eso soy yo, pues.

Sin confusiones: voy ahí a retconearme, con la cuenta oscilando entre el rojo y el negro cada día, sin trabajo estable. Después de varios meses viviendo solo en una señora casaza de 60 metros cuadrados, que fue mi castillo, y aquel barrio mi infierno. Voy ahí a hacer vida de calle y salón, y no estar en el zoológico privado que fue esa soledad previa. Voy ahí a escribir y malvivir -tan de la manita-, a ser consciente de que tengo que ganarme las lentejas, a establecer el primer paso de quién soy desde que el odio me ganó la partida como emoción predominante y yo lo recibí con un abrazo de macho.

Y, sobre todo, voy ahí: a recuperar la cercanía a mis amigos, tras mi abandono; a huir de las otras ciudades y sus tentaciones de reinventarme y flirtearlas como desconocidos mutuos; a recordar que yo soy de Madrid porque la ciudad me bautizó en sangre y carne cierto once de marzo; a saber que, cada vez que me amenace el nombre de mujer

(sea en forma de cariño o de congoja, de ñoñismo sin fin o versificación pública, sean cualquiera de mis muchas, otras, malas, adictas, féminas químicas)

ya viviré cerca, a un cruce y una calle Fuencarral en dirección norte, del tanque de café y el cruasánplancha de mi Rocablanca.

Desayunar allí fue mi única rutina durante cinco años. Ya podía caerse el mundo o levitar, despertarme yo como un sólido bloque de carbonita o faltándome piezas de puzzle, asomar el hocico solo o con una compañía intermitente pegada al mismo, tenía el Rocablanca. Por mal o bien que me fuese, esos 25 minutos eran míos y neutros. Y jamás he salido de allí con menos de una sonrisa, aunque durara cinco pasos.

Poder desayunar en el Rocablanca todos los días justifica mi nueva casa y los trabajos con los que tenga que pagar esa dicotomía de cama y cruasán. Es así de simple. Soy así de simple.

Written by Javi Sánchez

agosto 23, 2009 at 10:00 pm

Publicado en Quimicefa

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Princesismos

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“Te dejo que me abraces mientras me cuentas lo del papiloma de *********”

“Me quito el sujetador si me lo dices”

“Háblame de ella mientras me miras las tetas”

Ya no hacen mujeres así.

Written by Javi Sánchez

agosto 17, 2009 at 12:59 pm

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