Horas químicas

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Tenía pensado escribir sobre Salamanca, ya que me toca quedarme aquí hasta el día 19.

(Ah, muy brevemente: por mis encías. Por un problema hereditario del que me han informado -padre, tía, dentista, todos- a los 31 tacos. Y al que más tarde conozco -al dentista, qué esperaban- lleva en mi boca desde los 8 años. En parte les entiendo: el primer encuentro para que me contaran esto tuvo toda la carga de “hijo, tenemos que contarte la verdad…”  Sólo que en este caso concluía con “NO eres adoptado”. Es evidente que había que esperar a que el niño estuviera maduro. ¿Les dije ya que soy hijo único? ¿Y que hasta los 13 años mola, pero que nunca se pasa de esos 13 años?)

Más concretamente, quería un tratado sobre cómo suicidarse en Castilla sin morirse de viejo antes -que es nuestra forma predilecta de suicidio, es eso o dejar que te mate un tráiler o un arado: consulten las noticias de la meseta pre internet, si no me creen-. Y no es por morbidismo, o porque esté en paro, me haya dejado la novia, y me sienta miserable por esas dos minucias -quite the contrary-, sino porque la semana santa en Salamanca, aparte de una endecasílabo aliterado, es un tumor más grande que mis dos peores ex juntas, la hijadeputa chiflada y la mentirosa “soy un asco de persona” (y si está entre comillas, es porque la estoy citando. A ella). Es el tipo de cáncer que tendría Galactus: una ciudad de estudiantes SIN estudiantes.

Sí, eso pasa en verano y en navidad. Pero miren, en verano vienen trescientos millones de guiris entre 18 y 40 tacos a estudiar español. A una ciudad donde en el 80% de los bares se baila con la bisbivuelta. Y donde el 80% de personas no habla ni una puta palabra de inglés. Si eso no es un neón luminoso que diga PARAÍSO DEL SEXO INTERNACIONAL, qué les queda, ¿Benidorm?

Y en navidad, uno se preocupa de aprovisionarse de todos los laxantes que ha inventado la ciencia militar soviética porque, como nació dios, hay que comerse por lo menos cuatro cerdos enteros. Se ocupa uno más de la supervivencia estomacal que del tedio.

La semana santa, sin embargo, sustituye los apetecibles cerdos y las apetecibles guiris (sí, hubo un tiempo en el que mi ex me parecía apetecible, y junta esas dos características, cerda y guiri. Toma determinismo cultural), por los encapuchados, el no comer carne, el silencio, los bares que a uno le gustan con unos niveles de ocupación de pantano de Abu Dabi y el hecho de que, en ese período, no hay nadie viviendo en pisos de estudiantes, con lo que echar un caliqueño es tarea de titanes. Y con qué echarlos… Eso es otro post.

Fantasear con el suicidio se vuelve apetecible, claro.

Pero, precisamente, hoy entré en bbvanet a pagar el piso que NO voy a disfrutar este mes porque no soy adoptado y mi odontólogo no se atrevía a decírmelo, y ¡eh! ¡La ex ha pagado su parte! ¡Por segundo mes consecutivo! ¡Que le den por culo al suicidio! ¡Tengo dinero para alcohol y redbulles!

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Written by Javi Sánchez

abril 7, 2009 a 11:26 am

Publicado en De buen rollo

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