Horas químicas

Archive for mayo 2009

Desnudando a Audrey Hepburn

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Salamanca tiene una cuesta entre mi casa y mis noches, llamada de Sancti-Spiritus (con su correspondiente iglesia homónima, gótico-plateresca como suele mi ciudad, cuyos contrafuertes exentos albergan el mayor olor a pis que ha tenido nunca mi nariz) , cuya inclinación sobrepasa el 27% en un tramo. Al salir es de bajada, de subida al volver. Durante más años de los que me habrían gustado, la noche no era noche hasta que no bajaba grave y veloz, sin más impulso que levantar un pie y otro. Por eso, cuando digo que me dejo caer cuesta abajo hacia la noche, lo hago con más realidad que metáfora respaldando mis palabras. Aunque esta Madrid que es tan longitudinalmente absurda como delicadamente inclinada me niega la mayor, y sólo me deja la metáfora:

que ayer me dejé caer cuesta abajo hacia la noche, huyendo de la cita, del nombre propio -siempre epítetos para proteger el pecho, los nombres rompen corazas-, de la campanadita sincopada con el pulso, de ojos verdes cual dionaeas huía mi silueta de mosca. Y, cuando la noche es fuga y supervivencia, cuando se rueda la noche para que se destiña todo, que no haya más ojos verdes a la luz eléctrica de los faros y farolas, la vida es una road movie de corto alcance. Se estropean los planes que se hacen entre zancadas, y sólo queda el viaje: de las Ítacas huímos, señor Bloom.

Hagan lo inesperado en esas noches, de corazón arañado de esmeralda se lo digo. Vayan a un casino, escóndanse en una coctelería tan cara que pueda pasar por chic. Y finjan una edad tan interesante como maldita, plagada de divorcios y fracasos, con más ruido que música. No pretendan sinfonías ni orquesten las calles como suelen. Huyan de la propia huida, hasta que no sepan ni que están huyendo. Hasta no saber ni el nombre propio, si de otro se escapa.

Porque, si no, decidirá la noche por ustedes, con castigos extraños, con viejos con sandalias y mirada de vaso sucio acercándose en las barras. O les arrojará a la cara un striptease con mantón de manila, clavel reventón, boina chulapa, y pezones de pelirroja natural -lo cromático, que tanto dice- a ritmo de chotis burlesque, bajo vídeos de Carmen Miranda en una pantalla gigante.

Todo eso, o más, sucede cuando uno se toma la noche como una carretera que rompa los campos verdes, y resulte ser otra trampa. Entonces, se huye otra vez, se bajan otras escaleras, recorriendo pasillos espejados, aquí un salón con mesas desnudas, como un hotel fantasma o un daguerrotipo materializado. Hasta el baile, y los hombres con falda, y las mujeres extrañas y afortunadas, que ya se presentan directamente con epítetos. Entre miles de bombillas LED tricolores: de color rojo, de color azul, del color de sus ojos.

Mientras los pinchadiscos llevan caretas de dos Power Rangers. Y, en mi fuga, tardé una hora en darme cuenta de que, en la serie, ambos eran la misma persona: el blanco y el verde (no la he visto pestañear aún, no sé si esos ojos no lo hacen, o es una ilusión sincrónica, o es que es tan intensa la mirada que persiste en la retina en lo que baja y sube el anodino párpado).

Ya, al final, saliendo de otra cama, volviendo hacia mi casa cuesta arriba, amaneciéndome, anguloso, me dí cuenta de que huí del nombre antes de salir de casa. Cuando salí por la puerta, ya huía de su mirada, y a cambio estuvo toda la noche golpeándome burlesca el epíteto, el rasgo distintivo, la materia elemental femenina que yo cojo para construir una mujer ficticia a su alrededor y distanciarme así de la real.

No, en mi próxima fuga huiré de ella,  pero nunca de sus ojos. Así tenga que irme hasta Londres para ser otro, tener otro móvil, otra lista de contactos, y que no figuren sus llamadas perdidas, marcadas como “ojosverdes”. Huir del país para no engancharse a una mirada es una tremenda excusa.

Written by Javi Sánchez

mayo 15, 2009 at 12:03 pm

Escritores inconclusos (I): Jacinto Pernocta

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Jacinto Pernocta es uno de los autores más desconocidos de la segunda mitad de los ochenta. Drogadicto y buscavidas, frecuentador de malditos, aquejado del Síndrome de Aspergen, Pernocta vivió durante años una biografía gris, de fracaso escolar y pequeños delitos, sin que conste que hubiera leído, ni el por qué de su interés en la literatura, que algunos cercanos achacan a los alucinógenos consumidos en Ibiza allá por 1980.

Pernocta sólo es conocido por su presencia habitual en los momentos más secretos de la movida, siempre cercano a la aguja, pendenciero –se recuerda aún su pelea perdida contra Javier Corcobado a la salida de un concierto de Mar Otra Vez- y, al tiempo, inmerso sin pausa en su propio universo narrativo, cuya irrealizable complejidad le hace merecedor de un lugar en este diccionario. Dejando de lado la minucia de que jamás publicó nada –al parecer, su familia fue incapaz de descifrar la esquela manuscrita que portaba su cadáver, cuya llamada al patetismo todavía estremece los oídos del documentalista: “no hay postre para los diabéticos. Sólo fruta”- y el hecho de que su opus magna inédita no sobrepasa los tres folios (uno y medio descontando los tachones), es posible afirmar que Jacinto estuvo llamado a sentar un antes y un después en la literatura de sagas familiares, más próximo al hastío generacional arrastrado de los astros franceses que a la épica barnizada de partos y muertes de los grandes rusos.

En sus diarios, obtenidos por el documentalista bajo procedimientos sujetos a día de hoy a secreto de sumario, Jacinto Pernocta se revela como novelista apasionado. Si bien su obra se extiende, ya lo dijimos, sobre tres folios A4, Jacinto aprovecha cualquier soporte para estructurar sus propósitos, a lo largo de unas siete mil piezas manuscritas de diario literario –que incluyen márgenes de hojas de periódico, cartoncillos de paquetes de tabaco, servilletas “gracias por su visita”, cartulinas y los siguientes tipos de papel: del culo, couché, maché, reciclado, de fumar, mojado, de alto gramaje, de baja estofa, de regalo, secante, secundario-, se cocina una idea de novela voluminosa, estructurada en setenta y ocho entregas que narren la historia de una sola familia durante una única generación. La familia protagonista, los Pernada, vive la Transición española durante un período histórico concreto, marcado por dos muertes históricas. Al inicio, la muerte en accidente de automóvil de Carrero Blanco, cuyo estruendo hace decir a Nicomedes Pernada -a la sazón adolescente- su lema vital “mi corazón, que hace ecos en la historia”. Al cierre, la muerte en accidente de automóvil de Eduardo Benavente, remachada por la rabia suicida de Agustina Pernada, hermana menor de Nicomedes e icono de la movida, primera en decir telefónicamente a la propia Ana Curra la ya legendaria “Puta Ana Curra, eras tú la que conducía”.

Los setenta y ocho volúmenes habían de cubrir, pues, el mismo período temporal desde distintas perspectivas, las de todos y cada uno de los miembros de la familia Pernada, incluyendo bisabuelos, abuelos, tíos segundos, tíos, padres, hijos, y hasta amantes heroinómanas (Jacinto justifica la osadía en la parte posterior de una quiniela de junio del 84: “no hay intimidad consanguínea mayor que la de la chuta compartida. Si el nacimiento es sufrimiento consanguíneo, el jaco es su plácida Némesis”). Entre los apuntes, Pernocta brilla por pretensiones experimentales como los dieciocho primeros meses de Pilingui Pernada, penalti total de Nicomedes, que han de ser, si se cree su proyecto, 136 páginas de balbuceos de bebé y primeras palabras. En uno de los tres folios, aparece claramente la figura de Pilingui, en una línea subrayada (“¡caca, caca!”), cotejada con su anotación en una bolsa de papel ocre que tal vez, o tal vez no, contuviera una botella de güisqui americano, presente ultramarino de una de sus amantes de aquéllas: “Meta sublime del patetismo. Pilingui grita: ‘¡caca, caca!’ entre llantos. No hay ruptura amorosa o muerte de pariente que llegue a tales cotas de desesperación. La vida, miseria irreparable: nuestra propia mierda, manchándonos sin control alguno”.

También se aprecian intentos narrativos de los que habrían de apropiarse grandes narradores de nuestro tiempo, como Javier Marías y su obsesión por la narrativa del fantasma, en la figura de Yusuf Pernada, miembro adoptivo de los Pernada, que fallece en 1978 y habría de prodigar durante ciento noventa y siete páginas del volumen veintitrés sus vivencias como fantasma estupefacto (concluyendo “¿quién es Ana Curra?”, al preocuparse por la suerte de su ahijada Agustina). O la gloriosa concepción de Luciérnagas Estofa Pernada, futura hija de Agustina y Pompón Estofa (nombre ficticio que encubre, claramente, la viril figura de Carlos García Berlanga, y no la de Paco Clavel, como equivoca Javi Sánchez en su “Enciclopedia de Inferiores”), destinada a nacer en 1987, y que ilustra la concepción ontológica del alma que maneja Jacinto Pernocta: un volumen completamente en blanco, sin título ni firma. “Pernada XXXII resuelto”, anota Jacinto en el álbum de cromos Nocilla del baloncesto español. “Único problema”, prosigue: “no tengo dinero para folios”.

Si bien este escollo es habitual en sus anotaciones, el documentalista se atreve a afirmar que la diminuta obra final de Pernocta no obedece a sus devaneos con las drogas (aunque una piedra rayada con tiza muestra el desconsuelo de Jacinto: “cambié papel por papelina. Oh, mísero de mí”), sino a su obsesión con una de las despreciadas teorías literarias de la creación ligada a la vida: JP se comprometió, como se demuestra en un Cuaderno Rubio de Caligrafía II firmado con su propia sangre a la tierna edad de 14 años (análisis de ADN: vid. Apéndice Forense, páginas 183 y ss.), a “escribir teniendo novia”. Hoy, sabemos que Jacinto Pernocta tuvo novia durante no menos de dos semanas y media y que, durante ese tiempo, el gran escritor permaneció lúcido durante unas tres, tal vez cuatro, cinco horas y media como mucho. Sabemos también que, cuando ella le echó de su casa [de ella], por haber trapicheado el televisor, el pastor alemán, y así en escala descendente de enseres hasta alcanzar un paquete de veinte compresas -dieciséis de ellas sin utilizar, dos manuscritas por Jacinto y otras dos, bueno, usadas-, [ella] no quiso regalarle quince folios. Jacinto no habría de recuperarse del trauma y murió solo, en la  madrileña Plaza de San Ildefonso, atropellado por un camión de basura, cuyo conductor resultó ser seropositivo, posvitalista, y ciertamente estreñido.

Written by Javi Sánchez

mayo 8, 2009 at 4:17 pm

Publicado en Ficción

Agárrense que vienen curvas

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Venía de Salamanca a Madrid en un autobús que he montado mil veces, tal vez mil, sí. Como las amantes de larga duración, ese viaje suele ser más agradable que placentero, más cómodo que lujurioso. Pero hoy ha cambiado la cosa, teníamos obras y desvíos, caminos secundarios de nuevos paisajes, con los árboles a medio hojarse, con pequeñas lagunas recónditas de las que nadie me habló -o yo no presté interés, que bucólico lo soy en microdescargas-. Ya cerca del presumible orgasmo estacional, hemos accedido a Madrid por otra ruta, en la que he visto cementerios y niños y animales y postalitas que no imaginaba que se escondieran entre el túnel de Guadarrama y la burbuja monóxida. El viaje de siempre dejó de serlo por sorpresa, accidente o infraestructura, y se ha convertido en un nuevo e imprevisto polvo. Tan bello, que no pienso repetirlo por lo menos en un mes: aquí estoy y aquí me quedo, sobre todo para lo que me queda aquí si no me sonríe la crisis.

También, vengo con la ternura como segunda capa de piel bajo mi dermatitis alérgica. Con la sonrisa en la recámara para disparar de vuelta a las sonrisas féminas. Volviendo a los discos que yacían bajo la mierda, la inquina, la ex. Con ganas de suspirito y tontería, así tenga que inventármelos o confundirlos como unas tags inapropiadas.

Y he pensado que esto (que ni avanza ni retrocede con respecto a mi Quimicefa original y sabe dónde va tanto como sé yo dónde van mi corazón ausente o la primavera que me florece en su lugar) necesita algo más. Y yo con él. Así que mañana les presentaré a Jacinto Pernocta, el primero de muchos y variados escritores inéditos e inconclusos que he ido documentando en estos años con mi chapita de detective amateur.

Probablemente, el escritor más importante de la Móvida. Y hasta aquí pueden leer.

Written by Javi Sánchez

mayo 5, 2009 at 12:48 pm

Publicado en Trámite

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In dayest day, in nightest night (I)

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Oh.

Ya hay fecha de estreno para la peli de Green Lantern. 17 de diciembre de 2010 (San Lázaro, patrón de los zombis).  El director será Martin Campbell, cosa que me ha levantado una ceja, porque Casino Royale sigue siendo una de las mayores aberraciones bondianas que he visto en mi vida, junto con Goldeneye -que, coño, qué curiosidad, TAMBIÉN es de Campbell-.

Así que tenemos a un tipo que no sabe filmar persecuciones, que no sabe rodar un tiroteo y que no podría filmar una pelea con visos de realismo ni aunque le pagara 500 euros a dos mendigos borrachos para que se zurraran delante de su handycam. Empezamos bien.

De hecho, este despropósito de Casino Royale lo resume todo sobre Campbell. Y eso que estaba Foucan, adding insult to injury:

Vi las pelis del Bourne y me dije ‘cómo molo, voy a hacerlas’

Y dos guionistas de tele, que no tiene nada de malo sino todo lo contrario: Greg Berlanti y Michael Green. Berlanti da buen rollo: era el cocreador y escritor de “Jack & Bobby”, un falsumental político sobre los Estados Unidos del año 2049 bastante majete. Michael Green, por su parte, ha sido guionista de Heroes. Y de Smallville. Y de un episodio de Sex and the City. Joder, qué miedo.

Siguen sin protagonista confirmado, por cierto.

Written by Javi Sánchez

mayo 4, 2009 at 7:18 am

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No es un tuit!

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Me han arrancado el corazón y lo han sustituido por la primavera entera.

Written by Javi Sánchez

mayo 4, 2009 at 6:18 am

Publicado en Ñoñokun

“Estás desperdiciando tu talento”

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La frase, evidentemente, no es mía, pero a mí iba dirigida. Por una persona monovital, sin mayores intenciones. Y no, no es de ayer. Lo que más me jode es que vino a cuenta de Mondo Píxel [el increíble volumen 2 de los mejores textos sobre ocio electrónico se acerca, malandrines] y  mi doble felicidad por su existencia, y mi participación en la misma.

Evidentemente, la persona que lo dijo no tiene ni puta idea ni interés alguno por el tema, y lo mejor que se puede decir de ella es que es muy siglo XX. No vamos a hablar aquí de cuáles son sus talentos -uno, porque sólo tiene uno-, ni tampoco de sus limitaciones, porque la frase es, en sí, una frontera norcoreana que dice mucho sobre el interior de la persona y la zona desmilitarizada que es su neocórtex, donde no crece ni el arroz.

(Por otro lado, me han alabado el talento este fin de semana,  a obra puesta, y no vean lo bien qué sienta. Especialmente, porque con el halago encima, me doy cuenta de dónde están las carencias y sigo metiendo llave inglesa hasta que lo escrito sea tan preciso como la pelvis de Elvis repicando en doce compases. Si tuviera que ofrecerles un único aforismo al estilo clásico, les diría: sean siempre dignos de las alabanzas que les depositen. Es buena filosofía.

De nada, por cierto.)

Miren, no soy de esos egocéntricos que le regalarían a su madre Mondo-Píxel por el día de la Ídem (una Samsung 19 pulgadas, sí, te quiero mucho, y parir mi cabezón sin cesárea tuvo que ser ciertamente jodido).  No lo necesito, no es mi madre u otros públicos no objetivos quienes tienen que apreciarlo. Soy de los otros egocéntricos: a los que les gusta lo que hacen y lo relativo a lo que hacen, y bien está que sea así para ellos. y sus pares. Sí que evangelizo a veces con los videojuegos, quién no, pero no se me ocurriría que porque alguien escriba acojonantes análisis sobre las eddas nórdicas -cosa que ni me va ni me viene-, esa persona estuviera desperdiciando su talento por no preocuparse por los entresijos comunicativos del Wiimote -si, además, sólo cambia el objeto de estudio-.

Aparte -y perdonen que no lo dialogue, estas son las explicaciones que di con cierto cabreo, pero estoy pariendo guiones en camada y estoy saturado de esa forma de expresión escrita-, el talento. Me siento un cráneo previlegiado por compartir firma con tipos tan absolutamente impresionantes como la plana pixelera. Y lo que no es firma. Es bonito, porque la sensación de orgullo, innovación y exploración de nuevos caminos es una constante. Es una hermosa colección de egos, pero muy bien puestos y agradables. Mi talento es haber conseguido estar al lado de ellos sin sonrojo, y con la misma admiración del primer día.

Que una personita de vida sin esquinas ni curvas, del grosor de un punto, me venga emitiendo ciertos juicios de valor, (y más después de saborear el viernes que soy mucho más rico en conocidos que en conocimientos, y que se dan la manita en tantos casos), no molesta. Pero ofende, y me hace pensar: estoy hasta mis viriles y no vasectomizados testes de tener que andar justificando mi actividad mental y manual -disculpar la masturbación, a estas alturas, quiá-, de pedir disculpas por saber hacer bien lo que sé hacer (y esfuerzo cuesta: cada día intento ser un poquito mejor, y desde el apocalips-ex, trato de ser la mejor persona que pueda ser. Por joder, también, para que haga mella la comparación biográfica hasta que ella sea antítesis de mí por debajo, pero eh), de encontrarme bloqueos por doquier por parte de gente que objetivamente es mediocre en comparación conmigo.

Y de que cada vez que comparto mantel, birra o baile con cada uno de mis brillantes conocidos, tenga la sensación de que así es, más o menos para todos. Es cierto, pues: estoy -estamos- desperdiciando nuestros talentos. Viviendo en un país donde la envidia y la ignorancia compiten cada día por ver cuál de las dos será discurso único. Tratando con personitas a las que todo les viene grande y que, como no escribo best-sellers ni hago crónicas políticas, piensan que me desperdicio (nada malo en esas dos dedicaciones, por dios).

Pero bueno, dos dudas que me quedaron. Una, ¿es mi talento escribir novelas o hacer periodismo de alcachofa? ¿O es la capacidad de humillar, aplastar mentalmente, reducir a cero al interlocutor cuando me busca el ninja? ¿Y si mi talento fuera el asesinato como bella arte? ¿Debería desarrollarlo en lugar de teorizar sobre semiologías interactivas?

Y dos, interlocutora: ¿estás curando el cáncer, inventando nuevos transistores, salvando negritos del tercer mundo hasta que se extingan las pobres moscas que los afligen -como se extingue la ladilla por la popularización del chocho a la brasileña: no se rían, hay estudios sobre ello. Pagados con impuestos-, revolucionando la dependencia energética del pudding de dinosaurio, inventando la erección constante, testando la píldora mágica de inagotable sabor a vainilla, fusionando átomos en frío, desarrollando la necesaria teleportación, acercando el futuro a nuestras conexiones neuronales, implantando Google en nuestros brazos, calculando el algoritmo del amor eterno, demostrando o negando de forma definitiva la existencia cuántica de DIOS, haciéndonos inmortales, liando cigarrillos que no maten ni dejen el pulmón como si la ex se hubiera cortado las uñas en la pleura, avanzando el mundo con tu paso y pulso?

No.

Pues estamos en las mismas. Yo, al menos, no tengo problemas con la inutilidad de mis textos en comparación con todas esas necesidades humanas de primer orden. La vida es, en sí, bastante inútil. Un talento desperdiciado, cada vida, si al final se acaba.

Written by Javi Sánchez

mayo 3, 2009 at 10:12 am

Publicado en De buen rollo

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Pavoroso dolor de espalda

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Si esto fuera de verdad el futuro, yo estaría llamando a un 902 exigiendo un cambio de músculos lumbares, teniendo un pifostio increíble con alguien tan mal pagado como titulado en exceso. O contratando un servicio de aniquilación selectiva de terminaciones nerviosas, que sustituyera el dolor por pop-ups de autodiagnóstico: “problemas lumbares, pulse f1 para más ayuda”. Mejor todavía, como es festivo, dejaría mi cuerpo tumbado en una silla que me diera de comer y me limpiara las caquitas con cibernético cariño, y viviría unas horas en la red neurosocial de mi elección. Sin dolor.

Pero no, me duele tanto la espalda que odio a la humanidad más de lo habitual. Echo grititos por la casa. apenas puedo escribir. Vivo sin tabaco. Creo que he dormido en el lado de la cama que no me correspondía. En su lado de la cama. Me quedan dos meses de dura lex en esta casa que odio y, cuando me vaya, voy a quemar ese colchón en el descampado de al lado. Si pudiera, quemaría todos los colchones donde follé con ella, hasta que no quedara ni una prueba material de que un día fui zoofílico.

Written by Javi Sánchez

mayo 1, 2009 at 2:13 pm

Publicado en Trámite

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