Horas químicas

Escritores inconclusos (I): Jacinto Pernocta

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Jacinto Pernocta es uno de los autores más desconocidos de la segunda mitad de los ochenta. Drogadicto y buscavidas, frecuentador de malditos, aquejado del Síndrome de Aspergen, Pernocta vivió durante años una biografía gris, de fracaso escolar y pequeños delitos, sin que conste que hubiera leído, ni el por qué de su interés en la literatura, que algunos cercanos achacan a los alucinógenos consumidos en Ibiza allá por 1980.

Pernocta sólo es conocido por su presencia habitual en los momentos más secretos de la movida, siempre cercano a la aguja, pendenciero –se recuerda aún su pelea perdida contra Javier Corcobado a la salida de un concierto de Mar Otra Vez- y, al tiempo, inmerso sin pausa en su propio universo narrativo, cuya irrealizable complejidad le hace merecedor de un lugar en este diccionario. Dejando de lado la minucia de que jamás publicó nada –al parecer, su familia fue incapaz de descifrar la esquela manuscrita que portaba su cadáver, cuya llamada al patetismo todavía estremece los oídos del documentalista: “no hay postre para los diabéticos. Sólo fruta”- y el hecho de que su opus magna inédita no sobrepasa los tres folios (uno y medio descontando los tachones), es posible afirmar que Jacinto estuvo llamado a sentar un antes y un después en la literatura de sagas familiares, más próximo al hastío generacional arrastrado de los astros franceses que a la épica barnizada de partos y muertes de los grandes rusos.

En sus diarios, obtenidos por el documentalista bajo procedimientos sujetos a día de hoy a secreto de sumario, Jacinto Pernocta se revela como novelista apasionado. Si bien su obra se extiende, ya lo dijimos, sobre tres folios A4, Jacinto aprovecha cualquier soporte para estructurar sus propósitos, a lo largo de unas siete mil piezas manuscritas de diario literario –que incluyen márgenes de hojas de periódico, cartoncillos de paquetes de tabaco, servilletas “gracias por su visita”, cartulinas y los siguientes tipos de papel: del culo, couché, maché, reciclado, de fumar, mojado, de alto gramaje, de baja estofa, de regalo, secante, secundario-, se cocina una idea de novela voluminosa, estructurada en setenta y ocho entregas que narren la historia de una sola familia durante una única generación. La familia protagonista, los Pernada, vive la Transición española durante un período histórico concreto, marcado por dos muertes históricas. Al inicio, la muerte en accidente de automóvil de Carrero Blanco, cuyo estruendo hace decir a Nicomedes Pernada -a la sazón adolescente- su lema vital “mi corazón, que hace ecos en la historia”. Al cierre, la muerte en accidente de automóvil de Eduardo Benavente, remachada por la rabia suicida de Agustina Pernada, hermana menor de Nicomedes e icono de la movida, primera en decir telefónicamente a la propia Ana Curra la ya legendaria “Puta Ana Curra, eras tú la que conducía”.

Los setenta y ocho volúmenes habían de cubrir, pues, el mismo período temporal desde distintas perspectivas, las de todos y cada uno de los miembros de la familia Pernada, incluyendo bisabuelos, abuelos, tíos segundos, tíos, padres, hijos, y hasta amantes heroinómanas (Jacinto justifica la osadía en la parte posterior de una quiniela de junio del 84: “no hay intimidad consanguínea mayor que la de la chuta compartida. Si el nacimiento es sufrimiento consanguíneo, el jaco es su plácida Némesis”). Entre los apuntes, Pernocta brilla por pretensiones experimentales como los dieciocho primeros meses de Pilingui Pernada, penalti total de Nicomedes, que han de ser, si se cree su proyecto, 136 páginas de balbuceos de bebé y primeras palabras. En uno de los tres folios, aparece claramente la figura de Pilingui, en una línea subrayada (“¡caca, caca!”), cotejada con su anotación en una bolsa de papel ocre que tal vez, o tal vez no, contuviera una botella de güisqui americano, presente ultramarino de una de sus amantes de aquéllas: “Meta sublime del patetismo. Pilingui grita: ‘¡caca, caca!’ entre llantos. No hay ruptura amorosa o muerte de pariente que llegue a tales cotas de desesperación. La vida, miseria irreparable: nuestra propia mierda, manchándonos sin control alguno”.

También se aprecian intentos narrativos de los que habrían de apropiarse grandes narradores de nuestro tiempo, como Javier Marías y su obsesión por la narrativa del fantasma, en la figura de Yusuf Pernada, miembro adoptivo de los Pernada, que fallece en 1978 y habría de prodigar durante ciento noventa y siete páginas del volumen veintitrés sus vivencias como fantasma estupefacto (concluyendo “¿quién es Ana Curra?”, al preocuparse por la suerte de su ahijada Agustina). O la gloriosa concepción de Luciérnagas Estofa Pernada, futura hija de Agustina y Pompón Estofa (nombre ficticio que encubre, claramente, la viril figura de Carlos García Berlanga, y no la de Paco Clavel, como equivoca Javi Sánchez en su “Enciclopedia de Inferiores”), destinada a nacer en 1987, y que ilustra la concepción ontológica del alma que maneja Jacinto Pernocta: un volumen completamente en blanco, sin título ni firma. “Pernada XXXII resuelto”, anota Jacinto en el álbum de cromos Nocilla del baloncesto español. “Único problema”, prosigue: “no tengo dinero para folios”.

Si bien este escollo es habitual en sus anotaciones, el documentalista se atreve a afirmar que la diminuta obra final de Pernocta no obedece a sus devaneos con las drogas (aunque una piedra rayada con tiza muestra el desconsuelo de Jacinto: “cambié papel por papelina. Oh, mísero de mí”), sino a su obsesión con una de las despreciadas teorías literarias de la creación ligada a la vida: JP se comprometió, como se demuestra en un Cuaderno Rubio de Caligrafía II firmado con su propia sangre a la tierna edad de 14 años (análisis de ADN: vid. Apéndice Forense, páginas 183 y ss.), a “escribir teniendo novia”. Hoy, sabemos que Jacinto Pernocta tuvo novia durante no menos de dos semanas y media y que, durante ese tiempo, el gran escritor permaneció lúcido durante unas tres, tal vez cuatro, cinco horas y media como mucho. Sabemos también que, cuando ella le echó de su casa [de ella], por haber trapicheado el televisor, el pastor alemán, y así en escala descendente de enseres hasta alcanzar un paquete de veinte compresas -dieciséis de ellas sin utilizar, dos manuscritas por Jacinto y otras dos, bueno, usadas-, [ella] no quiso regalarle quince folios. Jacinto no habría de recuperarse del trauma y murió solo, en la  madrileña Plaza de San Ildefonso, atropellado por un camión de basura, cuyo conductor resultó ser seropositivo, posvitalista, y ciertamente estreñido.

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Written by Javi Sánchez

mayo 8, 2009 a 4:17 pm

Publicado en Ficción

Una respuesta

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  1. Brutal, tengo debilidad por el rollo Borgiano y aplicado al Madrid castizo de jaco, mecha y solera queda grandioso.

    El Gótico

    noviembre 21, 2009 at 7:46 pm


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