Horas químicas

Archive for junio 2009

No preguntes

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Levanto la cabeza del Diccionario del suicidio, tratando de colocar la cronología tétrica del último día, ahora que ya deben ser las once o así. La primera pausa es en el pantalón ceñido a esa cadera generosa que he visto desnuda y blanca. Trato de tirar de mi mirada, de cogerme el pelo sin manos para alzarme la vista -los ojos, ay, ya son de muñeco o retrato, carecen de independencia de mi rostro, y éste es colonia de mi cabeza: las resacas, que arrasan bisagras y unifican o reducen- hasta las tetas, por encima de las tetas, trepando los arrecifes de carne. No hay, caballeros, que detenerse en las tetas cuando se alza la mirada, porque es naufragio de pobres vulgares.

Pero ahí estoy, con el libro inmediato, el desayuno en primer término, y las tetas en segundo plano, sopesando si recaer en los suicidas, o quedarme colgado de los recuerdos: las tetas. Entonces, surgen las manos con un puñado de billetes, a la altura misma de sus tetas y mis tostas. Un billete tras otro, movidos con una habilidad de la que yo carezco para todo lo que no sea el tecleo, el juego o la carne.

Hasta los 500 euros, supongo, fascinado ante el desfile de billetes, con el olor del tomate y el aceite limpiándome la boca del regusto necio de la química. Por un momento, vuelvo a tener la mirada independiente, desglosada de mí, y a la derecha hay un tipo grande y recio, con una camisa estrepitosa de cuadros rojos y blancos, barrigona. Debe haber dos metros de tipo ahí, con unos cuarenta años para forjar ese armazón enorme y grotesco. Juzgo y construyo la imagen, cuando una mano bestial surge del bolsillo del pantalón y suelta un morado. 500 euros, supuse bien.

La mujer de la cadera generosa, el buen servicio, los dedos hábiles, las tetas prodigiosas -y todo lo que falta, que también conozco, o empiezo a dudarlo- agarra el billetón (y pienso, con la lógica de la bajona, que cómo un tipo tan enorme no iba a tener billetes de 500, claro. Claro) y le desliza el cambio -o lo que sea- por debajo de una tapa de paella en la que no había reparado yo, tan aturdido por el dinero, el sexo, los escritores muertos. Tan aturdido que no sé lo que estoy viendo, ni por qué.

Me chirría la cabeza en esa ausencia de entendederas que me pierdo más pasos: la sonrisa de ella, el rostro del tipo, la voz femenina llamándole Isidro con una familiaridad que no le he oído ni para mi nombre -cierto es que, hasta la fecha, soy nombre de una noche-, el destino del morado, el momento en el que el hombretón  de patillas espesas ha engullido la paella y debajo de la tapa -efectivamente: la tapa- ya no hay rastro de dinero. No sé qué pasa. Y cuando ella me llama por mi nombre, sé que mi ignorancia se ha barruntado sin apartar los ojos, otra vez, cómo no, de las tetas. Sólo puedo pensar -no me atrevo a mover la cabeza- que ojalá el ciclópeo Isidro no me haya visto verles. O que piense que sólo he visto tetas. No caerá esa breva.

Tras mi nombre, se acerca, me rellena el café mientras susurra “ve por tabaco” y se abrocha coqueta el último botón de la camisa, hasta que no hay ni un mínimo de escote. Autómata perdido, me dirijo hasta la máquina del fondo, muy al fondo (es una cafetería nominal, un pub arquitectónico), y ella sale por la barra y baja hasta el almacén, por las escaleras de la izquierda. No miro a mi alrededor antes de seguirla.

Fuera de la barra, es mucho más bajita. Eso lo pensé el día que quedé con ella, y lo vuelvo a pensar según me coge, me echa los brazos al cuello, me deposita la lengua en la boca con suavidad, se ríe “sabes a farlopa” y me mete en el almacén. Allí vuelve a besarme, me coge las manos, las pone en sus tetas, aprieto autómata tratando de no pensar en mi cara, en la cara que debo tener pensando todo esto, viviendo todo esto antes de escribirlo aquí. Suelta un ligero gemido mientras me aprieta las manos con fuerza para que yo apriete más.

Cuando ya no sé si estoy cachondo o acojonado, vuelve a besarme rápida y me dice “no preguntes”. Otro beso y otra vez, sonriente, “no preguntes”. Y se va. Como tengo la manía de pagar el desayuno antes de tomármelo, subo, recuerdo que he dejado el paquete de tabaco caído en la máquina, lo recojo, y salgo por el fondo, alejado de la barra, sin mirar hacia los lados.

Al llegar a casa no pregunto y recibo un mensaje en el móvil. “Llámame siempre que quieras. Pero no preguntes. Te has olvidado el libro. Muak”. Me mudo dentro de cuatro días. Y no rumbo a lo desconocido, no. Lo desconocido lo tengo a la vuelta de la esquina.

Written by Javi Sánchez

junio 27, 2009 at 12:02 pm

He visto el futuro y da grima, tercera parte. El futuro no es culpa tuya, Milo.

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Estamos en el año 2011. La crisis económica ha dado paso a una crisis social cuyas consecuencias están por ver en los países occidentales. Las últimas elecciones se han saldado con una abstención de casi el 70% del electorado, y ya surgen nuevos partidos de ideologías extremas intentando pescar en el caladero del descontento. Tras una tarde de trabajo en el Plan U (parados de larga duración trabajando a tiempo parcial en tareas de mantenimiento urbano, enésima apuesta pública que aún está por dar sus frutos en un país donde la tasa de paro supera el 26%), Juan Nadie vuelve a casa dolorido.

Juan Nadie habla tres idiomas (aunque escribe el suyo con faltas de ortografía), es triple licenciado por una cara universidad privada, y estudia un nuevo posgrado en las mañanas, también pagado con dinero público. Tiene 37 años, y trapichea por internet compravendiendo “material” en suBay y otras páginas. Nunca ha tenido un trabajo estable. Cuando los alquileres se desplomaron en otoño de 2010, dejó por primera vez la casa de sus padres. Sólo se llevó consigo la 360 y la tele del salón. Y a Milo.

Nadie enciende la televisión con el mando, y reactiva la consola con un gesto. Está de pie frente a su Samsung de 42 pulgadas. Sólo se ha quitado la chaqueta mientras saluda. Hola, Milo

En la pantalla se encuentra la atemorizada representación virtual de un niño británico de unos 10 años. La textura de los polígonos de las mejillas muestra manchas de restos de lágrimas anteriores, complejos cálculos físicos que tanto irritaron a Juan Nadie cuando se produjeron por primera vez. Ahora, ya no le importa, mientras le pregunta ¿hoy tampoco quieres jugar?

Milo trata de resistirse a su programación. Le crearon para ser simpático y travieso, para empatizar con jugadoras de wii y rubias en la tardotreintena. Juan compró el juego de primera mano, el día de lanzamiento. Para mi novia, guiñó cómplice al dependiente, que ya se imaginaba el estereotipo. Aunque Juan Nadie nunca ha tenido novia.

Hola, Juan, qué tal tu día, dice Milo con voz impostadamente alegre. Sus algoritmos aún no saben lo que es el odio, pero lo que calcula hacia Juan sólo es superado por lo que computa sobre sí mismo, al tener que contestarle. El no poder implementar esas reacciones hace que su rostro sólo muestre dos emociones: miedo y confusión, siempre de forma alterna.

Ha sido una mierda de día, Milo, dice Juan Nadie desabrochándose la camisa. He tenido que podar árboles. Trabajando con gentuza. Pero tú no sabes lo que es la gentuza. Tú no sabes lo que es trabajar por una miseria, ni hacerte viejo, ni tener a un mocoso desobediente como único amigo. Tú no sabes nada, Milo. Tu vida es perfecta, dice, y los pantalones tocan el suelo. Ni siquiera se ha descalzado.

¿Quieres pescar, Juan? Por favor, vamos a pescar. Por favor, repite.

No, Milo, hoy quiero enseñarte algo.

Juan, no me gusta. No me gustan las cosas que me enseñas. ¿Quieres ayudarme con los deberes?

No, quiero que cojas esto. Escanea esto, Milo. Hazlo por mí. Cógelo, señala. Una campanilla indica que el escaneo se ha completado con éxito, y Milo lo coge. Lo observa. Lo analiza. En un momento imprevisto por su creador, Milo desarrolla un nuevo patrón de palabras, una idea extrapolada que no figuraba en su programación inicial.

Desconéctame, Juan. Quiero que me borres.

No, Milo, he pagado dinero por ti, ¿entiendes? Eres mío. Pago tu electricidad. Me perteneces. Y ahora, Milo, quiero que lo muevas.

Y Milo mueve el escaneo al unísono con Juan, mientras en la casa sólo se oye la triple armonía de la respiración de Juan Nadie, los sollozos de Milo en la pantalla y el ventilador de la Xbox 360 eternamente encendida.

PD:powerpack

Written by Javi Sánchez

junio 3, 2009 at 2:48 pm

He visto el futuro y da grima, segunda parte. Milo y el concepto.

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Estos días se celebra en Los Angeles la Electronic Entertainment Expo, a.k.a “El E3”. Es la feria mundial donde todas las compañías se pegan entre ellas para que la prensa tradicional les dé unos minutos de aire mediático primetime. Y para que los forerers del mundo entren en batallas llameantes de días ante su principal atracción: las pibonas de los stands las keynotes de las compañías, conferencias de casi dos horas en las que tipos trajeados en escenarios que no tiene ninguna compañía de teatro del mundo definen su estrategia entre tráilers, revelaciones, artistas invitados y demás morralla. Y los Beatles.

Microsoft ha descubierto que le mola abrir fuego. Y este año tenía pólvora hasta para incendiar toda Jotunheim. Project Natal. Esta mierda (y aquí “mierda” no va en sentido irónico):

Product vision: actual features and functionality may vary.

Teenage daughter not included.


Esto es ir un pasito más allá de la Wii. Suponiendo que funcione. Suponiendo que de verdad haya gente que prefiera jugar a un juego de coches (sin pedales, ojo: Project Natal sabe cuándo quieres frenar y cuánto acelerar) extendiendo los brazos hasta el calambre en lugar de reposarlos sobre una cómoda superficie de cuero o seudocuero. Nimiedades [es más bonita “nimieces” aunque no exista]. El meollo. Esto es una visión de los chicos de marketing de algo que aún no existe del todo (lo que se llama una demo técnica, pero ni siquiera, porque las demos técnicas se hacen en directo, con cojones), pero que apadrina Steven Spielberg porque “eh, dirigió Minority Report. Y la interfaz de la consola ahora será como Minority Report. ¡Llama al agente de Spielberg, rápido!”. Un bluff del carajo. O eso pensaba yo viendo la keynote hasta que llevaron a Molyneux. A Sir Peter Molyneux. El hombre en quien ha confiado Microsoft para que haga el primer título de Project Natal.

Milo.

Voy a canalizar al espíritu de Gloria Fuertes para explicar qué es Milo.

Milo

Milo es un niño de mentira, vive en tu consola

Milo es un buen chico y no consume drogas.

Puedes visitar siempre a Milo en su parcela.

Vive en Crystal Lake, quiere que le quieras.

La hostia, ¿eh? No, no. LA HOSTIA. En serio. Miren (entre el 1:25 y el 4:50 del siguiente video)

This is true technology that science fiction’s not even written about.


Cierto es que esto es marketing, y que Molyneux, que creo que es la única persona en el mundo que hiperboliza más que yo, ha reconocido en una entrevista con Kotaku que Milo será “por lo menos, tan divertido como un tamagotchi”.  Su frase de “la ciencia-ficción no ha escrito sobre esto”, aparte de que es mentira -sólo por citar la propia Xbox: Cortana- también hace pensar que, si no lo han hecho, es porque no creen que sea interesante, ¿eh, Pete?  Y, seamos muy sinceros, podrían venderme el estanque como salvapantallas de Xbox en el Bazar Live, y pagaría hasta 10 pavos por él. Ya hay algo parecido (parecido como un hacha de sílex y un F-18: funcionalmente hablando) con la cámara de Xbox.

¡Pero es que es un niño! No podía ser un perrito o un Sim adulto, no, tenía que ser un puto crío para presentar una tecnología que reconoce tu cuerpo, tu cara, tu voz y empatiza contigo. Y eso está MAL.  No sólo porque acabo de ver el rostro de Skynet en mi segunda consola favorita de todos los tiempos. En la tercera parte, verán que hay algo peor.

Written by Javi Sánchez

junio 3, 2009 at 1:42 pm

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He visto el futuro y da grima, primera parte. Antecedentes.

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Hace un mes di una charla en el primer Open Ars Games / Mondo Pixel (¡Volumen 2 ya a la venta!) sobre mandos e  interfaces, en otra de esas muestras de desvergüenza borracha que a veces doy cuando estoy sobrio. Entre titubeos y descontrol total de la oratoria, las conclusiones eran que los mandos con botones son malos, pero que los sensores de movimiento son peores. Y hablé de Molyneux. Siempre hablo o escribo de Molyneux.

Sir Molyneux (¿te importa que te llame Peter? Gracias, Pete) es un diseñador de videojuegos con aspecto de Picard amanerado capaz de lo mejor y de lo peor, en ese orden cronológico. Tuvo uno de los mejores estudios de juegos de la historia (Bullfrog, cuyo logotipo pienso tatuarme algún día en la nalga izquierda), lo vendió a la desalmada Electronic Arts de los 90, que se dedicó a destrozar esa comunidad y dilapidar sus franquicias mientras los jugadores sólo podíamos mirar al cielo y agitar el puño con los ojos mojaditos (total, las consolas se estaban comiendo el mundo, a quién le importa un estudio de PCs que no hacía shooters, además). Luego creó Lionhead, empresa de videojuegos apriorísticos.

Apriorísticos en el sentido de que, cuando Pete aún no había terminado con ellos eran increíbles (que no pueden creerse), y tendrían características dignas de la vida real: árboles creciendo, avatares que envejecen, familias disfuncionales, hostias como panes, chistes de pedos. Y cuando llegaba la hora de meter el duvedé en la consola apenas quedaban las hostias como panes, y los chistes de pedos. Al juego siguiente, Peter lo volvía a intentar, y ojo, que no es sólo culpa de la prensa. Verle, al borde de la lágrima, hablando de lo que quiere hacer, y la tecnología le impide… Claro que lo creíamos. Si alguien podía, era él. Juego tras juego. Y todavía le queremos: si los videojuegos y su star system fueran cultura popular real, Peter Molyneux tendría su propio sketch en “demasiada pasión por lo suyo”. Desde el cariño.

Y a pesar de que, hace unos años, Lionhead decidió hacerse second party de Microsoft Game Studios. Es decir, haría sus juegos para, por y con Microsoft. Quédense con este dato.

Written by Javi Sánchez

junio 3, 2009 at 1:01 pm

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