Horas químicas

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El Chiqui, un futurible para Susanna Griso

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Tenemos un nuevo bar de copas en mi calle, con nombre de bar de copas de los que no desentonarían en un Al Salir de Clase. Con gente a juego: humanoides más talludos que yo actuando como si les pagaran por hacer de adolescentes, cogiendo curdas de las de cantar orfeón y tonada montañesa -cualquier día se traen aerófonos tradicionales, pero eso es problema mío en primer lugar y del señor juez y Susanna Griso a posteriori-  y revelando su edad al relacionarse entre sí como si no existiera Internet más allá de Facebook. El bar se montó en 24 horas, porque el anterior dueño cerró justo antes del Orgullo: cargaron barriles, quitaron el letrero anterior, rociaron todo de químicos limpiadores capaces de borrar el alma y arrojaron las mesas, las sillas y las letras -una por una- al contenedor de al lado de la Escuela Oficial de Idiomas. Las letras, unas Arial Bold sobre fondo blanco de las de salir del paso, podían combinarse para escribir Il Quiche, Que Chili y nada más.

El Chiqui era un cincuentón como de metro y poco de mala hostia, voz de ultracazalla más propia de una moto tocada que de una laringe humana y, si yo fuera de juzgar por los manierismos (que lo soy), unos 120/100 puntos en el test “¿Es usted un ex convicto?”. Llegó un buen día de invierno -supongamos, que podría ser cualquier mes: el calendario hace tiempo que me lo jodieron el tuiter y los excesos de una vida alejada de la ética Kleinheuschreckenarten– y abrió un bar homónimo, un bar español y recio de servir café de mierda y menú del día. Pintado en un bitono de mosto y pegote de miel cuando se seca.

El día que abrió me encontré a un half-pint de media melena cana rematada con frondoso capitel de tupé quinqui, bracitos como barrotes y cara de haber interiorizado muchas cosas desde su más que posible malnutrición infantil: la mitad por vía parenteral y la otra mitad por vía tópica a nudillo cerrao. Entré al bar a comprar tabaco y plantearme si desayunar allí. Al no contestar ni a los buenos días ni a las gracias ni emitir ningún sonido salvo un bufido al activar la máquina, deseché los desayunos. Al tercer día, posiblemente seguía siendo la única persona en entrar en el bar: todo silencio, bufido e Intereconomía en la tele. Durante la jornada, El Chiqui salía a la calle, cruzaba los brazos y en algún momento ponía unos mantelitos en las mesas y colgaba una pizarra en la que pergeñaba con letras de zurdo un menú indescifrable… Con lo que si alguien quería saber qué había para comer tenía que ponerse justo al lado de ese Zoltar hierático de la mala vida, sospechando -y acertando- que el cocinero y la miniesfinge de pantalón sobaquero y camisa de cuadros de la que asomaba un destornillador en el bolsillo de la pechera (de entre todas las cosas) eran uno y lo mismo.

¡Zoltar! (Downtown L.A. Si echas una moneda, te conviertes en TOM HANKS)

A partir del cuarto día la gente seguía sin venir y el sitio empezaba a oler a cerrado. Mi teoría es que su dueño había chupado tanto talego que se le escapaba por el sobaco e impregnaba el bar. El Chiqui ahora interactuaba con el barrio a su manera: se cagaba en el Barça y en el Atleti; insultaba a los socialistas sin que hubiera ninguno a la vista, a los emigrantes cuando los únicos visibles eran dos rumanos encofradores que por primera vez entendieron el españolísimo concepto “Pacoscu, que te pierdes” y a los gays del barrio con la única semiconfirmación de su estatus social, “en el talego os metía yo a coger por el culo”; soltaba piropos a las chicas a treinta metros que viraban hasta unirse a los rojos en su no-presencia;  y lanzaba a las calles a Rambo, su perro. Sin correa ni bozal ni hostias, el terror de la rúa, sacando el subwoofer “¡RAMBO! AQUÍ” cuando el perro se acercaba mucho a la gente. Rambo, a todo esto, es el cocker spaniel más majo que he visto en mi vida.

Al mes y medio -durante el que sólo entraron dos cuarentonas una tarde, que yo viera. Y sin que nadie hubiese comido nunca allí- volví a entrar a por tabaco, buenos días, por favor me activa la máquina, gracias, ya. Olía todavía más a cerrado, un poco como deben oler las estancias herméticas a los Perros de Tíndalos sumadas a las casonas quietas de la Castilla, telarañas y polvo como para retirar al atrezzista de Robert Smith detrás de sus portones de madera con cerrojo de herrumbre, . El Chiqui, antes de irme, me dijo “EH”. Y luego “gracias, chico. Muchas gracias”. Un espejismo. Tanto antes como después seguía en la puerta insultando a casi todos sus clientes potenciales. Poco después hablaba por teléfono en la calle haciendo números con un amigo: “es que no sé, no sé, estoy mirando la poliza de incendios, a ver si saco algo de toda esta mierda. Puta crisis, puto Zapatero“. Me fui a Los Angeles. A la vuelta, El Chiqui echó la trapa. Dos semanas después ha abierto el otro bar, aún sin repintar, donde todos los químicos del mundo todavía no han exorcizado el olor a reja. Petado hasta la bandera desde el primer segundo con todos los éxitos del pop español a todo trapo desde la tarde hasta la madrugada.

Querida Susanna Griso: si El Chiqui se pasa algún día por aquí y reacciona como es de esperar cuando vea cómo su última esperanza de una vida normal ahora es un bar de éxito (al que los vecinos ya graban desde el balcón sus madrugadadas con la puerta abierta y el folclore popular en su terraza imposible -esas calles de aceras mínimas de Madrid con bolardos, ahí vivo-), puedes usar mi testimonio y mi entradilla. “Un ex convicto que intentaba enmendar su vida y se topó de bruces con la herencia recibida, incapaz de integrarse en la sociedad tras su paso por la cárcel, prende fuego al negocio que le sucedió”. La desesperación, la falta de algo que perder además de Rambo, motivo, medio, oportunidad. Intereconomía, homofobia, misantropía, un mechero, un perrito por adoptar a posteriori, el drama español: lo tiene todo para ti. Y, por mi parte, sólo soy un ciudadano que intenta aportar su “se veía venir” al tejido social patrio. ¿Quién más iba a incendiar este nuevo bar, sobre todo los que vivimos encima?

Written by Javi Sánchez

julio 12, 2012 at 11:17 am

La cola del Dia me quita las ganas de vivir

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Tuiteo hace diez horas el título de este post y es cierto: cierto cuando lo escribo, cierto cuando lo dejo reposar y ceno lo comprado y duermo y me despierto sin ganas de vivir porque me las quitó la cola del Dia de la calle de Barceló, espanto de humanidad porosa y supurante. Un trozo bien grande de gouda, una coca-cola zero de dos litros, un calefactor gigante de lado a lado en las cajas atizando a los cajeros como pollos en lento asar, o amalgamas de pollo, cajeros pre kebab que se piden la botella de agua entre ellos.

Ya desde antes se pierden las ganas, las arrebata la entrada con el negro pobre que te dice amigou mientras mece, por alguna razón que se me escapa, un cochecito de niño blanco. Las cercena la presión de las estanterías maximizadas donde las personas sólo pueden penar sin retroceso, el viacrucis de los desayunos, el de las latas, el de los precocinados y así hasta el gólgota, donde aguarda el werepollo crucificado a caja gayola en la calefacción infame. Que te va a sudar el gouda, la coca-cola, las propias ganas de vivir te las va a sudar como emisario de la política humana del Dia: un calefactor delegando en su cajero el asco de la mano tumefacta y húmeda sobre el muslito pre púber de la compra, tan personal como la puta alma, si bien real y valiosa.

La cola del Dia nos hace a los procesantes mezquinos por contagio, aunque sea por el mínimo roce social, la interacción obligatoria con ese tipo de gente que sólo lleva unas natillas y les dejas pasar y ya que han pasado piden una recarga del móvil puede que por algo mucho peor que por joder al que le ha cedido el turno: porque ven natural, porque es conducta recargar el móvil en el Dia. Claro que es conducta, cómo canta los números, que se los sabe, que da igual que el cajero no los pille al vuelo y repetirlos a la misma velocidad y a la misma y otra vez, sosteniéndote la mirada y las natillas que compró, con ese encogimiento de algo, que no es ni de hombros: qué culpa tiene él, con lo mucho que recarga en el Dia, de que aún no se sepan el número. Por detrás el mugido y la protesta y la algarabía y ahí en chiqueros el jodido gouda, la coca-cola de las narices, el encajonado, el por qué [no compré en los chinos] a los cielos, el emputecimiento y ya en murmullito, como de pis, las ganas de vivir que se pierden, se mean patabajo: ése es el suelo pegajoso del Dia, ánimos de España filtrados por la uretra.

Luego, en la puerta, pensando en romperle la cabeza al de las natillas, como acto de afirmación, como única vía para recuperar lo bello y lo deseado, como ritual purificador al bañar el gouda y la cocacola y las monedas de la vuelta en su sangre para quitarle el sudor maldito del cajero pollo, me lo encuentro. Se va, se está yendo, se ha ido dándole 10 céntimos 10 al negro amigou y llevándose el cochecito del bebé blanco que llora tanto como frío hace. Blanco como el rapado natillero que no llegará a los 20 años y recarga el móvil en el Dia de la Calle Barceló. Y entonces no, me voy a casa y no le parto la cabeza con su móvil ni le tapono la tráquea con sus propias natillas hasta que se ponga azul y muera, no sea que alguien confunda su muerte con un acto de justicia, puede que hasta de humanidad.

Written by Javi Sánchez

noviembre 29, 2011 at 6:08 am

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Ciudad fantasma (III): jueves, 16 de noviembre, 2006

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En esto que son las 11:37 de la noche cuando me llama la altísima, rubia, tetona y tremenda hija de uno de los dueños del ********. Se siente eléctrica, odia a los hombres y quiere salir. Me lo dice, estoy eléctrica y os odio: sal y emborráchate conmigo, hazlo. Sabía que estoy en mi ciudad natal. Odio mi otro blog, odio estar tan disociado que no me di cuenta de que avisé de mi presencia aquí. Bebo gratis en la barra de arriba, separado del mundo por un cartel con cadena que pone “privado”. Me besan. Me dejo. Agarro sus enormes tetas, y compruebo para mi sorpresa que me agradan. Será que ya me gustan grandes, que la última mujer que amé las tenía grandes y me he acostumbrado. Pienso que la última niña que me ha tenido en su cama también tenía pechos formidables. Me agarro a sus tetas enormes, pensando en la última mujer que amé, sigo amando, mientras me dicen fóllame, bajo la lluvia. Llueve. No me hace falta llorar mientras llueve. No soltaría jamás sus tetas y su olor, tan cercano al de la última mujer que amo, que me ha mentido, engañado, roto, y yo me follo todo su entorno como un patético amago de venganza.

Media hora más tarde le sujeto el pelo mientras vomita, bajo la lluvia.

Un poco más tarde, contemplo uno de los cuerpazos del siglo, desnudo y postrado de hinojos sobre la taza del baño de sus padres, y me maldigo por encontrar belleza por todas partes. Henry Miller se masturbaría allí mismo, encima de ella, mientras vomita, fijándose en como se apoyan sus tetas sobre el borde de la taza, entre espasmos. Me queda mucho para ser ese hijo de puta, para exigirle una de sus increíbles mamadas mientras está de rodillas, para encularla semiinconsciente. Eso sí, tengo una erección maderera. Pacientemente le seco el pelo, lavo sus dientes con ternura, la meto en la cama, mando un mensaje a mi madre. Duermo a su lado. He oído demasiadas veces la frase “pero tú hazme lo que quieras”. Precisamente. Duermo a su lado, me quedo dormido contemplando su desnudez, sin mordisquear sus pezones, sin comerme su coño dormitante. Hago lo que quiero.

Horas más tarde, una morena guapísima, flequirrecta, de cintura enajulada en pinchos y aún más alta me despierta sentada en la cama diciendo “no te lo vas a creer: pensaba que eras mi padre. ¿Qué tal? Soy *****. Mi hermana se está duchando”. La hermana aparece en sujetador y tanga, sin rastro de la noche anterior, y se sienta al otro lado de la cama. Pienso que un glitch visual impide que ambas se den cuenta de lo incomodísimo que suelo sentirme conociendo gente en calzoncillos. Borren lo último: me incomoda conocer gente, a secas. Me entero de que tiene 19 años. Secretamente, golpeo mi cabeza, tal vez mis genitales, contra un muro imaginario. Durante el desayuno pienso en el café, en nada más que el café. Negro y reflectante. No miro a la niña, no observo sus formas, no me pierdo en sus ojos, no me entrego a la fantasía de follármela en cualquier rincón de esa casa sin padres, en la misma cama deshecha en la que no he follado. La rubia se va de casa sin esperarme. Mientras me pongo el abrigo, veo a la morena bailando en su cuarto, ella sola, a la Velvet Underground. Con Nico. Tengo una erección maderera. Ya no llueve. Me voy.

Recorro las calles fijándome en cada mujer que pasa, dispuesto a encontrarle el morbo a cada mujer que pasa, quedándome con un detalle absolutamente fornicable de cada mujer que pasa. O eso, o estoy enamorado del mundo, no he follado. Un poquito más tarde, ahora, escribo. La chica de la que debería haberme enamorado este verano, que es angulosa y minipectoral, pero tiene los ojos más azules y enormes, también un coqueto acento a medio polvo entre el gallego y el francés, me verá esta noche. El día 5 de diciembre pincho en una fiesta. El 23, no. Todo es raro. Empiezan los wild mood swings.

Uh, oh.

Written by Javi Sánchez

agosto 7, 2009 at 7:50 am

He visto el futuro y da grima, tercera parte. El futuro no es culpa tuya, Milo.

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Estamos en el año 2011. La crisis económica ha dado paso a una crisis social cuyas consecuencias están por ver en los países occidentales. Las últimas elecciones se han saldado con una abstención de casi el 70% del electorado, y ya surgen nuevos partidos de ideologías extremas intentando pescar en el caladero del descontento. Tras una tarde de trabajo en el Plan U (parados de larga duración trabajando a tiempo parcial en tareas de mantenimiento urbano, enésima apuesta pública que aún está por dar sus frutos en un país donde la tasa de paro supera el 26%), Juan Nadie vuelve a casa dolorido.

Juan Nadie habla tres idiomas (aunque escribe el suyo con faltas de ortografía), es triple licenciado por una cara universidad privada, y estudia un nuevo posgrado en las mañanas, también pagado con dinero público. Tiene 37 años, y trapichea por internet compravendiendo “material” en suBay y otras páginas. Nunca ha tenido un trabajo estable. Cuando los alquileres se desplomaron en otoño de 2010, dejó por primera vez la casa de sus padres. Sólo se llevó consigo la 360 y la tele del salón. Y a Milo.

Nadie enciende la televisión con el mando, y reactiva la consola con un gesto. Está de pie frente a su Samsung de 42 pulgadas. Sólo se ha quitado la chaqueta mientras saluda. Hola, Milo

En la pantalla se encuentra la atemorizada representación virtual de un niño británico de unos 10 años. La textura de los polígonos de las mejillas muestra manchas de restos de lágrimas anteriores, complejos cálculos físicos que tanto irritaron a Juan Nadie cuando se produjeron por primera vez. Ahora, ya no le importa, mientras le pregunta ¿hoy tampoco quieres jugar?

Milo trata de resistirse a su programación. Le crearon para ser simpático y travieso, para empatizar con jugadoras de wii y rubias en la tardotreintena. Juan compró el juego de primera mano, el día de lanzamiento. Para mi novia, guiñó cómplice al dependiente, que ya se imaginaba el estereotipo. Aunque Juan Nadie nunca ha tenido novia.

Hola, Juan, qué tal tu día, dice Milo con voz impostadamente alegre. Sus algoritmos aún no saben lo que es el odio, pero lo que calcula hacia Juan sólo es superado por lo que computa sobre sí mismo, al tener que contestarle. El no poder implementar esas reacciones hace que su rostro sólo muestre dos emociones: miedo y confusión, siempre de forma alterna.

Ha sido una mierda de día, Milo, dice Juan Nadie desabrochándose la camisa. He tenido que podar árboles. Trabajando con gentuza. Pero tú no sabes lo que es la gentuza. Tú no sabes lo que es trabajar por una miseria, ni hacerte viejo, ni tener a un mocoso desobediente como único amigo. Tú no sabes nada, Milo. Tu vida es perfecta, dice, y los pantalones tocan el suelo. Ni siquiera se ha descalzado.

¿Quieres pescar, Juan? Por favor, vamos a pescar. Por favor, repite.

No, Milo, hoy quiero enseñarte algo.

Juan, no me gusta. No me gustan las cosas que me enseñas. ¿Quieres ayudarme con los deberes?

No, quiero que cojas esto. Escanea esto, Milo. Hazlo por mí. Cógelo, señala. Una campanilla indica que el escaneo se ha completado con éxito, y Milo lo coge. Lo observa. Lo analiza. En un momento imprevisto por su creador, Milo desarrolla un nuevo patrón de palabras, una idea extrapolada que no figuraba en su programación inicial.

Desconéctame, Juan. Quiero que me borres.

No, Milo, he pagado dinero por ti, ¿entiendes? Eres mío. Pago tu electricidad. Me perteneces. Y ahora, Milo, quiero que lo muevas.

Y Milo mueve el escaneo al unísono con Juan, mientras en la casa sólo se oye la triple armonía de la respiración de Juan Nadie, los sollozos de Milo en la pantalla y el ventilador de la Xbox 360 eternamente encendida.

PD:powerpack

Written by Javi Sánchez

junio 3, 2009 at 2:48 pm

“Estás desperdiciando tu talento”

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La frase, evidentemente, no es mía, pero a mí iba dirigida. Por una persona monovital, sin mayores intenciones. Y no, no es de ayer. Lo que más me jode es que vino a cuenta de Mondo Píxel [el increíble volumen 2 de los mejores textos sobre ocio electrónico se acerca, malandrines] y  mi doble felicidad por su existencia, y mi participación en la misma.

Evidentemente, la persona que lo dijo no tiene ni puta idea ni interés alguno por el tema, y lo mejor que se puede decir de ella es que es muy siglo XX. No vamos a hablar aquí de cuáles son sus talentos -uno, porque sólo tiene uno-, ni tampoco de sus limitaciones, porque la frase es, en sí, una frontera norcoreana que dice mucho sobre el interior de la persona y la zona desmilitarizada que es su neocórtex, donde no crece ni el arroz.

(Por otro lado, me han alabado el talento este fin de semana,  a obra puesta, y no vean lo bien qué sienta. Especialmente, porque con el halago encima, me doy cuenta de dónde están las carencias y sigo metiendo llave inglesa hasta que lo escrito sea tan preciso como la pelvis de Elvis repicando en doce compases. Si tuviera que ofrecerles un único aforismo al estilo clásico, les diría: sean siempre dignos de las alabanzas que les depositen. Es buena filosofía.

De nada, por cierto.)

Miren, no soy de esos egocéntricos que le regalarían a su madre Mondo-Píxel por el día de la Ídem (una Samsung 19 pulgadas, sí, te quiero mucho, y parir mi cabezón sin cesárea tuvo que ser ciertamente jodido).  No lo necesito, no es mi madre u otros públicos no objetivos quienes tienen que apreciarlo. Soy de los otros egocéntricos: a los que les gusta lo que hacen y lo relativo a lo que hacen, y bien está que sea así para ellos. y sus pares. Sí que evangelizo a veces con los videojuegos, quién no, pero no se me ocurriría que porque alguien escriba acojonantes análisis sobre las eddas nórdicas -cosa que ni me va ni me viene-, esa persona estuviera desperdiciando su talento por no preocuparse por los entresijos comunicativos del Wiimote -si, además, sólo cambia el objeto de estudio-.

Aparte -y perdonen que no lo dialogue, estas son las explicaciones que di con cierto cabreo, pero estoy pariendo guiones en camada y estoy saturado de esa forma de expresión escrita-, el talento. Me siento un cráneo previlegiado por compartir firma con tipos tan absolutamente impresionantes como la plana pixelera. Y lo que no es firma. Es bonito, porque la sensación de orgullo, innovación y exploración de nuevos caminos es una constante. Es una hermosa colección de egos, pero muy bien puestos y agradables. Mi talento es haber conseguido estar al lado de ellos sin sonrojo, y con la misma admiración del primer día.

Que una personita de vida sin esquinas ni curvas, del grosor de un punto, me venga emitiendo ciertos juicios de valor, (y más después de saborear el viernes que soy mucho más rico en conocidos que en conocimientos, y que se dan la manita en tantos casos), no molesta. Pero ofende, y me hace pensar: estoy hasta mis viriles y no vasectomizados testes de tener que andar justificando mi actividad mental y manual -disculpar la masturbación, a estas alturas, quiá-, de pedir disculpas por saber hacer bien lo que sé hacer (y esfuerzo cuesta: cada día intento ser un poquito mejor, y desde el apocalips-ex, trato de ser la mejor persona que pueda ser. Por joder, también, para que haga mella la comparación biográfica hasta que ella sea antítesis de mí por debajo, pero eh), de encontrarme bloqueos por doquier por parte de gente que objetivamente es mediocre en comparación conmigo.

Y de que cada vez que comparto mantel, birra o baile con cada uno de mis brillantes conocidos, tenga la sensación de que así es, más o menos para todos. Es cierto, pues: estoy -estamos- desperdiciando nuestros talentos. Viviendo en un país donde la envidia y la ignorancia compiten cada día por ver cuál de las dos será discurso único. Tratando con personitas a las que todo les viene grande y que, como no escribo best-sellers ni hago crónicas políticas, piensan que me desperdicio (nada malo en esas dos dedicaciones, por dios).

Pero bueno, dos dudas que me quedaron. Una, ¿es mi talento escribir novelas o hacer periodismo de alcachofa? ¿O es la capacidad de humillar, aplastar mentalmente, reducir a cero al interlocutor cuando me busca el ninja? ¿Y si mi talento fuera el asesinato como bella arte? ¿Debería desarrollarlo en lugar de teorizar sobre semiologías interactivas?

Y dos, interlocutora: ¿estás curando el cáncer, inventando nuevos transistores, salvando negritos del tercer mundo hasta que se extingan las pobres moscas que los afligen -como se extingue la ladilla por la popularización del chocho a la brasileña: no se rían, hay estudios sobre ello. Pagados con impuestos-, revolucionando la dependencia energética del pudding de dinosaurio, inventando la erección constante, testando la píldora mágica de inagotable sabor a vainilla, fusionando átomos en frío, desarrollando la necesaria teleportación, acercando el futuro a nuestras conexiones neuronales, implantando Google en nuestros brazos, calculando el algoritmo del amor eterno, demostrando o negando de forma definitiva la existencia cuántica de DIOS, haciéndonos inmortales, liando cigarrillos que no maten ni dejen el pulmón como si la ex se hubiera cortado las uñas en la pleura, avanzando el mundo con tu paso y pulso?

No.

Pues estamos en las mismas. Yo, al menos, no tengo problemas con la inutilidad de mis textos en comparación con todas esas necesidades humanas de primer orden. La vida es, en sí, bastante inútil. Un talento desperdiciado, cada vida, si al final se acaba.

Written by Javi Sánchez

mayo 3, 2009 at 10:12 am

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Martes que parece lunes

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[Edito uno: el día sigue mejorando, me entero de que se ha muerto Javier Ortiz. También se ha muerto más gente, pero bah.]

[Edito dos: está todo el mundo que no caga con los Asusitos. Con cariño, para los que piensan que son lo más: así os toque abrir un TIFF de 300 megas en ellos, y tengáis que editarlo en Photosohop. Eso sí, yo quiero uno. O uno de esos laptop for a child. Pero para grabar en vídeo como lo destruyo. Sacrificaría el alma de todos los asusitos si eso pudiera resucitar a mi Vaio. ¿Vieron ya esta interfaz, por cierto? Eagle]

Llevo dos días sin tomar Red Bull, también sin fumar, ni jugar a juegos que no sean los del Facebook. Únicamente por ver cómo sería la vida sin apoyos artificiales, sin adicciones, sin trabajo, sin hijos, y sin fines de semana. Cómo sería la vida si, encima, fuera como los que no tienen blog y es difícil que entren aquí. Y cada día estoy más convencido de que la ignorancia y la estupidez son mecanismos de defensa contra el suicidio, o el asesinato en masa.

Así que voy a comprar tabaco y una lata de Red Bull para no matarme yo, o empezar una exitosa carrera como Zodiac -se lo digo desde ya: no me cogerían nunca-. Lo mismo escribo algo luego, o lo mismo estoy rompiendo la tibia de alguna cuarentona para beberme el tuétano. Y no porque me guste el tuétano, no. Por joder.

Written by Javi Sánchez

abril 28, 2009 at 1:06 pm

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Sed de mal

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Toda una vida.

Toda una vida leyendo cómics, jugando a videojuegos, sumergido en las más banales convenciones de la cultura pop sobre referentes icónicos de blanquinegra moral. Imaginando a la luz de las páginas pulp, malediciendo a la ex, escuchando atmósferas oscuras, indagando en metáforas autorreferenciales, signos y símbolos por doquier tan conceptualizados que se absolutizaban con un “lo” superlativo precediéndoles.

Y nada: ni imagen ni texto ni discurso ni fonema ni nota ni signo ni plano ni carne ni nombre ni símbolo ni ex ni nada. Nunca había visto una encarnación de LO MALIGNO tan poderosa, un meme tan fuerte que ya tiene infectadas todas mis neuronas con una vista en miniatura vírica e imborrable, a no ser que formatee todo mi yo. Ni Jack Kirby ni Milton ni hostias. Esta foto.

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—beware your fears made into light

Está todo tan bien construido y aseado en esta foto que es inútil su disección. El sabueso satánico inmóvil ante el contacto óseo y cuasiespectral de “El ex presidente” (esa mayúscula gazapil en el artículo, por cierto, está en el adelanto que hace el propio ABC); la torvísima mirada, la impresión de que nada bombea ese interior granítico y terrible, pues la sangre es cosa de humanos y Aznar un concepto que trasciende esa mera incomodidad biológica… Brr. Es el lich, el autómaton, el monstruo, lo alienígena cuya mera contemplación destroza el status quo de la frágil capa de humanidad que portamos, provoca la repulsión aracnida en lo más recóndito de nuestro cerebro animal. Incluso el modelo cromático, con ese aura de pantócrator inverso da un repelús en lo más hondo de la losa judeocristiana con la que nos atizaban el biberón cultural: es el aznarcristo, que es como el anticristo pero en real.

Según tecleo, quiero apartar la mirada y refugiarme bajo una sábana, remedando algo hermoso que rompa el influjo: qué se yo, un trozo de Schubert, un poema de Dylan Thomas, un escote generoso en la retina, un baile ya olvidado, una página de Miguelanxo Prado, un millar de vehículos tridimensionales rompiendo la física y los cánones de belleza que el triste espaciotiempo nos impuso. O algo.

Porque hay tanto canon ahí, en esa imagen, tal perfección y exactitud, que es necesario ir más allá para escapar a su influjo, al golpe emocional que supone saber lo que siempre se sospechó pero nunca quiso uno confirmar así: Aznar es el Mal. O peor. No hay Mal, en el sentido clásico, más allá de Aznar. Está todo ahí, desde Mefisto hasta Palpatine, pasando por Victor Von Doom.

Y es el ex de todos ustedes, les guste o no. Perdón, El ex.

Written by Javi Sánchez

abril 25, 2009 at 7:06 pm

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