Horas químicas

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Princesismos

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“Te dejo que me abraces mientras me cuentas lo del papiloma de *********”

“Me quito el sujetador si me lo dices”

“Háblame de ella mientras me miras las tetas”

Ya no hacen mujeres así.

Written by Javi Sánchez

agosto 17, 2009 at 12:59 pm

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Cabreo de tres pares…

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…y resistencia absoluta a no volver a lo de antes. Que debería empezar, además, por buscarme un nuevo nick que no me marque de antemano.

Un placer. Para mí, al menos. Sean felices, sean solteros.

Written by Javi Sánchez

agosto 2, 2009 at 6:20 am

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No preguntes

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Levanto la cabeza del Diccionario del suicidio, tratando de colocar la cronología tétrica del último día, ahora que ya deben ser las once o así. La primera pausa es en el pantalón ceñido a esa cadera generosa que he visto desnuda y blanca. Trato de tirar de mi mirada, de cogerme el pelo sin manos para alzarme la vista -los ojos, ay, ya son de muñeco o retrato, carecen de independencia de mi rostro, y éste es colonia de mi cabeza: las resacas, que arrasan bisagras y unifican o reducen- hasta las tetas, por encima de las tetas, trepando los arrecifes de carne. No hay, caballeros, que detenerse en las tetas cuando se alza la mirada, porque es naufragio de pobres vulgares.

Pero ahí estoy, con el libro inmediato, el desayuno en primer término, y las tetas en segundo plano, sopesando si recaer en los suicidas, o quedarme colgado de los recuerdos: las tetas. Entonces, surgen las manos con un puñado de billetes, a la altura misma de sus tetas y mis tostas. Un billete tras otro, movidos con una habilidad de la que yo carezco para todo lo que no sea el tecleo, el juego o la carne.

Hasta los 500 euros, supongo, fascinado ante el desfile de billetes, con el olor del tomate y el aceite limpiándome la boca del regusto necio de la química. Por un momento, vuelvo a tener la mirada independiente, desglosada de mí, y a la derecha hay un tipo grande y recio, con una camisa estrepitosa de cuadros rojos y blancos, barrigona. Debe haber dos metros de tipo ahí, con unos cuarenta años para forjar ese armazón enorme y grotesco. Juzgo y construyo la imagen, cuando una mano bestial surge del bolsillo del pantalón y suelta un morado. 500 euros, supuse bien.

La mujer de la cadera generosa, el buen servicio, los dedos hábiles, las tetas prodigiosas -y todo lo que falta, que también conozco, o empiezo a dudarlo- agarra el billetón (y pienso, con la lógica de la bajona, que cómo un tipo tan enorme no iba a tener billetes de 500, claro. Claro) y le desliza el cambio -o lo que sea- por debajo de una tapa de paella en la que no había reparado yo, tan aturdido por el dinero, el sexo, los escritores muertos. Tan aturdido que no sé lo que estoy viendo, ni por qué.

Me chirría la cabeza en esa ausencia de entendederas que me pierdo más pasos: la sonrisa de ella, el rostro del tipo, la voz femenina llamándole Isidro con una familiaridad que no le he oído ni para mi nombre -cierto es que, hasta la fecha, soy nombre de una noche-, el destino del morado, el momento en el que el hombretón  de patillas espesas ha engullido la paella y debajo de la tapa -efectivamente: la tapa- ya no hay rastro de dinero. No sé qué pasa. Y cuando ella me llama por mi nombre, sé que mi ignorancia se ha barruntado sin apartar los ojos, otra vez, cómo no, de las tetas. Sólo puedo pensar -no me atrevo a mover la cabeza- que ojalá el ciclópeo Isidro no me haya visto verles. O que piense que sólo he visto tetas. No caerá esa breva.

Tras mi nombre, se acerca, me rellena el café mientras susurra “ve por tabaco” y se abrocha coqueta el último botón de la camisa, hasta que no hay ni un mínimo de escote. Autómata perdido, me dirijo hasta la máquina del fondo, muy al fondo (es una cafetería nominal, un pub arquitectónico), y ella sale por la barra y baja hasta el almacén, por las escaleras de la izquierda. No miro a mi alrededor antes de seguirla.

Fuera de la barra, es mucho más bajita. Eso lo pensé el día que quedé con ella, y lo vuelvo a pensar según me coge, me echa los brazos al cuello, me deposita la lengua en la boca con suavidad, se ríe “sabes a farlopa” y me mete en el almacén. Allí vuelve a besarme, me coge las manos, las pone en sus tetas, aprieto autómata tratando de no pensar en mi cara, en la cara que debo tener pensando todo esto, viviendo todo esto antes de escribirlo aquí. Suelta un ligero gemido mientras me aprieta las manos con fuerza para que yo apriete más.

Cuando ya no sé si estoy cachondo o acojonado, vuelve a besarme rápida y me dice “no preguntes”. Otro beso y otra vez, sonriente, “no preguntes”. Y se va. Como tengo la manía de pagar el desayuno antes de tomármelo, subo, recuerdo que he dejado el paquete de tabaco caído en la máquina, lo recojo, y salgo por el fondo, alejado de la barra, sin mirar hacia los lados.

Al llegar a casa no pregunto y recibo un mensaje en el móvil. “Llámame siempre que quieras. Pero no preguntes. Te has olvidado el libro. Muak”. Me mudo dentro de cuatro días. Y no rumbo a lo desconocido, no. Lo desconocido lo tengo a la vuelta de la esquina.

Written by Javi Sánchez

junio 27, 2009 at 12:02 pm

He visto el futuro y da grima, primera parte. Antecedentes.

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Hace un mes di una charla en el primer Open Ars Games / Mondo Pixel (¡Volumen 2 ya a la venta!) sobre mandos e  interfaces, en otra de esas muestras de desvergüenza borracha que a veces doy cuando estoy sobrio. Entre titubeos y descontrol total de la oratoria, las conclusiones eran que los mandos con botones son malos, pero que los sensores de movimiento son peores. Y hablé de Molyneux. Siempre hablo o escribo de Molyneux.

Sir Molyneux (¿te importa que te llame Peter? Gracias, Pete) es un diseñador de videojuegos con aspecto de Picard amanerado capaz de lo mejor y de lo peor, en ese orden cronológico. Tuvo uno de los mejores estudios de juegos de la historia (Bullfrog, cuyo logotipo pienso tatuarme algún día en la nalga izquierda), lo vendió a la desalmada Electronic Arts de los 90, que se dedicó a destrozar esa comunidad y dilapidar sus franquicias mientras los jugadores sólo podíamos mirar al cielo y agitar el puño con los ojos mojaditos (total, las consolas se estaban comiendo el mundo, a quién le importa un estudio de PCs que no hacía shooters, además). Luego creó Lionhead, empresa de videojuegos apriorísticos.

Apriorísticos en el sentido de que, cuando Pete aún no había terminado con ellos eran increíbles (que no pueden creerse), y tendrían características dignas de la vida real: árboles creciendo, avatares que envejecen, familias disfuncionales, hostias como panes, chistes de pedos. Y cuando llegaba la hora de meter el duvedé en la consola apenas quedaban las hostias como panes, y los chistes de pedos. Al juego siguiente, Peter lo volvía a intentar, y ojo, que no es sólo culpa de la prensa. Verle, al borde de la lágrima, hablando de lo que quiere hacer, y la tecnología le impide… Claro que lo creíamos. Si alguien podía, era él. Juego tras juego. Y todavía le queremos: si los videojuegos y su star system fueran cultura popular real, Peter Molyneux tendría su propio sketch en “demasiada pasión por lo suyo”. Desde el cariño.

Y a pesar de que, hace unos años, Lionhead decidió hacerse second party de Microsoft Game Studios. Es decir, haría sus juegos para, por y con Microsoft. Quédense con este dato.

Written by Javi Sánchez

junio 3, 2009 at 1:01 pm

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Desnudando a Audrey Hepburn

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Salamanca tiene una cuesta entre mi casa y mis noches, llamada de Sancti-Spiritus (con su correspondiente iglesia homónima, gótico-plateresca como suele mi ciudad, cuyos contrafuertes exentos albergan el mayor olor a pis que ha tenido nunca mi nariz) , cuya inclinación sobrepasa el 27% en un tramo. Al salir es de bajada, de subida al volver. Durante más años de los que me habrían gustado, la noche no era noche hasta que no bajaba grave y veloz, sin más impulso que levantar un pie y otro. Por eso, cuando digo que me dejo caer cuesta abajo hacia la noche, lo hago con más realidad que metáfora respaldando mis palabras. Aunque esta Madrid que es tan longitudinalmente absurda como delicadamente inclinada me niega la mayor, y sólo me deja la metáfora:

que ayer me dejé caer cuesta abajo hacia la noche, huyendo de la cita, del nombre propio -siempre epítetos para proteger el pecho, los nombres rompen corazas-, de la campanadita sincopada con el pulso, de ojos verdes cual dionaeas huía mi silueta de mosca. Y, cuando la noche es fuga y supervivencia, cuando se rueda la noche para que se destiña todo, que no haya más ojos verdes a la luz eléctrica de los faros y farolas, la vida es una road movie de corto alcance. Se estropean los planes que se hacen entre zancadas, y sólo queda el viaje: de las Ítacas huímos, señor Bloom.

Hagan lo inesperado en esas noches, de corazón arañado de esmeralda se lo digo. Vayan a un casino, escóndanse en una coctelería tan cara que pueda pasar por chic. Y finjan una edad tan interesante como maldita, plagada de divorcios y fracasos, con más ruido que música. No pretendan sinfonías ni orquesten las calles como suelen. Huyan de la propia huida, hasta que no sepan ni que están huyendo. Hasta no saber ni el nombre propio, si de otro se escapa.

Porque, si no, decidirá la noche por ustedes, con castigos extraños, con viejos con sandalias y mirada de vaso sucio acercándose en las barras. O les arrojará a la cara un striptease con mantón de manila, clavel reventón, boina chulapa, y pezones de pelirroja natural -lo cromático, que tanto dice- a ritmo de chotis burlesque, bajo vídeos de Carmen Miranda en una pantalla gigante.

Todo eso, o más, sucede cuando uno se toma la noche como una carretera que rompa los campos verdes, y resulte ser otra trampa. Entonces, se huye otra vez, se bajan otras escaleras, recorriendo pasillos espejados, aquí un salón con mesas desnudas, como un hotel fantasma o un daguerrotipo materializado. Hasta el baile, y los hombres con falda, y las mujeres extrañas y afortunadas, que ya se presentan directamente con epítetos. Entre miles de bombillas LED tricolores: de color rojo, de color azul, del color de sus ojos.

Mientras los pinchadiscos llevan caretas de dos Power Rangers. Y, en mi fuga, tardé una hora en darme cuenta de que, en la serie, ambos eran la misma persona: el blanco y el verde (no la he visto pestañear aún, no sé si esos ojos no lo hacen, o es una ilusión sincrónica, o es que es tan intensa la mirada que persiste en la retina en lo que baja y sube el anodino párpado).

Ya, al final, saliendo de otra cama, volviendo hacia mi casa cuesta arriba, amaneciéndome, anguloso, me dí cuenta de que huí del nombre antes de salir de casa. Cuando salí por la puerta, ya huía de su mirada, y a cambio estuvo toda la noche golpeándome burlesca el epíteto, el rasgo distintivo, la materia elemental femenina que yo cojo para construir una mujer ficticia a su alrededor y distanciarme así de la real.

No, en mi próxima fuga huiré de ella,  pero nunca de sus ojos. Así tenga que irme hasta Londres para ser otro, tener otro móvil, otra lista de contactos, y que no figuren sus llamadas perdidas, marcadas como “ojosverdes”. Huir del país para no engancharse a una mirada es una tremenda excusa.

Written by Javi Sánchez

mayo 15, 2009 at 12:03 pm

In dayest day, in nightest night (I)

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Oh.

Ya hay fecha de estreno para la peli de Green Lantern. 17 de diciembre de 2010 (San Lázaro, patrón de los zombis).  El director será Martin Campbell, cosa que me ha levantado una ceja, porque Casino Royale sigue siendo una de las mayores aberraciones bondianas que he visto en mi vida, junto con Goldeneye -que, coño, qué curiosidad, TAMBIÉN es de Campbell-.

Así que tenemos a un tipo que no sabe filmar persecuciones, que no sabe rodar un tiroteo y que no podría filmar una pelea con visos de realismo ni aunque le pagara 500 euros a dos mendigos borrachos para que se zurraran delante de su handycam. Empezamos bien.

De hecho, este despropósito de Casino Royale lo resume todo sobre Campbell. Y eso que estaba Foucan, adding insult to injury:

Vi las pelis del Bourne y me dije ‘cómo molo, voy a hacerlas’

Y dos guionistas de tele, que no tiene nada de malo sino todo lo contrario: Greg Berlanti y Michael Green. Berlanti da buen rollo: era el cocreador y escritor de “Jack & Bobby”, un falsumental político sobre los Estados Unidos del año 2049 bastante majete. Michael Green, por su parte, ha sido guionista de Heroes. Y de Smallville. Y de un episodio de Sex and the City. Joder, qué miedo.

Siguen sin protagonista confirmado, por cierto.

Written by Javi Sánchez

mayo 4, 2009 at 7:18 am

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el crimen sí compensa

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Y sigo febril. No sé si se aplica aquí la misma fórmula que se ha ido empinando desde la veintena , donde a cada día de fiesta y desmadre le corresponde al menos medio de reposo. Siendo muy generosos -porque es verdad que desde los 30, muchas veces la relación es de 1:1-, no debería ni de sorprenderme: son 13 días prácticamente non-stop, acumulados, y cada uno más bellaco que el anterior, más criminal que el que precede, más asesino, arriesgado, funambulista.

Llevo cuatro en la cama, tocando fondo los dos últimos, limitadísimo. Me deberían quedar dos más, que no puedo o quiero permitirme, porque ya estoy en la sopa de sobre, y de ahí se pasa al suicidio, directamente: mientras el mundo hace sus cosas de fin de semana no se puede estar en la cama borracho de fiebre y de bacterias. Es malo para el ego y la propia imagen. Casi delictivo, sí: si el fin de semana sigo enfermo, pienso dar rienda suelta a mis delirios, y acudir lamentable hasta los juzgados de Plaza de Castilla, a querellarme contra mi propia persona.

Peor, no tengo el apetito -tal vez sí las ganas, o sí el querer, o sí la necesidad, pero sin apetitos poco hay que hacer conmigo, se lo digo desde ya a cualquier candidata a futura ex- de fumar ni de masturbarme. Tampoco de cocinar, recoger, jugar con mis consolas, leer nada que no sean cómics -y preferentemente ya leídos, que no da mucho de sí la cabeza-. Pero, eh: cigarrillos y pajas. Algo que hasta los curas tienen permitido. Esto soy, menos hombre que un sacerdote. Y la fantástica sanidad pública madrileña -reitero que todas mis ex juntas no son tan  hijasdeputa como lo público madrileño- me ha dado cita para el LUNES POR LA TARDE. Para conseguir una triste receta de amoxicilina con ácido clavulánico, que es lo único que necesito para atajar esto.

En serio, y a riesgo de incitarles a un delito contra la salud pública: si alguno de mis lectores tiene, aunque sea, tres tristes comprimidos de amoxicilina con ácido clavulánico -mis bacterias se descojonan de la amoxicilina normal, la encierran en el baño de los chicos; le hacen wedgies con el tanga- que se ponga en contacto conmigo. Y le recompensaré de múltiples formas: con cigarrillos, con un autógrafo, con los libros de mi ex, puede que hasta CON DINERO.

Déjenme ser su Kingpin, y no sólo pondré la ciudad a sus pies, sino que les presentaré cachondas asesinas ninja, o macizos abogados ciegos. Todo por un poco de amoxicilina (con ácido clavulánico). Venga. Va.

Written by Javi Sánchez

abril 23, 2009 at 8:58 am