Horas químicas

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Ciudad fantasma (III): jueves, 16 de noviembre, 2006

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En esto que son las 11:37 de la noche cuando me llama la altísima, rubia, tetona y tremenda hija de uno de los dueños del ********. Se siente eléctrica, odia a los hombres y quiere salir. Me lo dice, estoy eléctrica y os odio: sal y emborráchate conmigo, hazlo. Sabía que estoy en mi ciudad natal. Odio mi otro blog, odio estar tan disociado que no me di cuenta de que avisé de mi presencia aquí. Bebo gratis en la barra de arriba, separado del mundo por un cartel con cadena que pone “privado”. Me besan. Me dejo. Agarro sus enormes tetas, y compruebo para mi sorpresa que me agradan. Será que ya me gustan grandes, que la última mujer que amé las tenía grandes y me he acostumbrado. Pienso que la última niña que me ha tenido en su cama también tenía pechos formidables. Me agarro a sus tetas enormes, pensando en la última mujer que amé, sigo amando, mientras me dicen fóllame, bajo la lluvia. Llueve. No me hace falta llorar mientras llueve. No soltaría jamás sus tetas y su olor, tan cercano al de la última mujer que amo, que me ha mentido, engañado, roto, y yo me follo todo su entorno como un patético amago de venganza.

Media hora más tarde le sujeto el pelo mientras vomita, bajo la lluvia.

Un poco más tarde, contemplo uno de los cuerpazos del siglo, desnudo y postrado de hinojos sobre la taza del baño de sus padres, y me maldigo por encontrar belleza por todas partes. Henry Miller se masturbaría allí mismo, encima de ella, mientras vomita, fijándose en como se apoyan sus tetas sobre el borde de la taza, entre espasmos. Me queda mucho para ser ese hijo de puta, para exigirle una de sus increíbles mamadas mientras está de rodillas, para encularla semiinconsciente. Eso sí, tengo una erección maderera. Pacientemente le seco el pelo, lavo sus dientes con ternura, la meto en la cama, mando un mensaje a mi madre. Duermo a su lado. He oído demasiadas veces la frase “pero tú hazme lo que quieras”. Precisamente. Duermo a su lado, me quedo dormido contemplando su desnudez, sin mordisquear sus pezones, sin comerme su coño dormitante. Hago lo que quiero.

Horas más tarde, una morena guapísima, flequirrecta, de cintura enajulada en pinchos y aún más alta me despierta sentada en la cama diciendo “no te lo vas a creer: pensaba que eras mi padre. ¿Qué tal? Soy *****. Mi hermana se está duchando”. La hermana aparece en sujetador y tanga, sin rastro de la noche anterior, y se sienta al otro lado de la cama. Pienso que un glitch visual impide que ambas se den cuenta de lo incomodísimo que suelo sentirme conociendo gente en calzoncillos. Borren lo último: me incomoda conocer gente, a secas. Me entero de que tiene 19 años. Secretamente, golpeo mi cabeza, tal vez mis genitales, contra un muro imaginario. Durante el desayuno pienso en el café, en nada más que el café. Negro y reflectante. No miro a la niña, no observo sus formas, no me pierdo en sus ojos, no me entrego a la fantasía de follármela en cualquier rincón de esa casa sin padres, en la misma cama deshecha en la que no he follado. La rubia se va de casa sin esperarme. Mientras me pongo el abrigo, veo a la morena bailando en su cuarto, ella sola, a la Velvet Underground. Con Nico. Tengo una erección maderera. Ya no llueve. Me voy.

Recorro las calles fijándome en cada mujer que pasa, dispuesto a encontrarle el morbo a cada mujer que pasa, quedándome con un detalle absolutamente fornicable de cada mujer que pasa. O eso, o estoy enamorado del mundo, no he follado. Un poquito más tarde, ahora, escribo. La chica de la que debería haberme enamorado este verano, que es angulosa y minipectoral, pero tiene los ojos más azules y enormes, también un coqueto acento a medio polvo entre el gallego y el francés, me verá esta noche. El día 5 de diciembre pincho en una fiesta. El 23, no. Todo es raro. Empiezan los wild mood swings.

Uh, oh.

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Written by Javi Sánchez

agosto 7, 2009 at 7:50 am

Desnudando a Audrey Hepburn

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Salamanca tiene una cuesta entre mi casa y mis noches, llamada de Sancti-Spiritus (con su correspondiente iglesia homónima, gótico-plateresca como suele mi ciudad, cuyos contrafuertes exentos albergan el mayor olor a pis que ha tenido nunca mi nariz) , cuya inclinación sobrepasa el 27% en un tramo. Al salir es de bajada, de subida al volver. Durante más años de los que me habrían gustado, la noche no era noche hasta que no bajaba grave y veloz, sin más impulso que levantar un pie y otro. Por eso, cuando digo que me dejo caer cuesta abajo hacia la noche, lo hago con más realidad que metáfora respaldando mis palabras. Aunque esta Madrid que es tan longitudinalmente absurda como delicadamente inclinada me niega la mayor, y sólo me deja la metáfora:

que ayer me dejé caer cuesta abajo hacia la noche, huyendo de la cita, del nombre propio -siempre epítetos para proteger el pecho, los nombres rompen corazas-, de la campanadita sincopada con el pulso, de ojos verdes cual dionaeas huía mi silueta de mosca. Y, cuando la noche es fuga y supervivencia, cuando se rueda la noche para que se destiña todo, que no haya más ojos verdes a la luz eléctrica de los faros y farolas, la vida es una road movie de corto alcance. Se estropean los planes que se hacen entre zancadas, y sólo queda el viaje: de las Ítacas huímos, señor Bloom.

Hagan lo inesperado en esas noches, de corazón arañado de esmeralda se lo digo. Vayan a un casino, escóndanse en una coctelería tan cara que pueda pasar por chic. Y finjan una edad tan interesante como maldita, plagada de divorcios y fracasos, con más ruido que música. No pretendan sinfonías ni orquesten las calles como suelen. Huyan de la propia huida, hasta que no sepan ni que están huyendo. Hasta no saber ni el nombre propio, si de otro se escapa.

Porque, si no, decidirá la noche por ustedes, con castigos extraños, con viejos con sandalias y mirada de vaso sucio acercándose en las barras. O les arrojará a la cara un striptease con mantón de manila, clavel reventón, boina chulapa, y pezones de pelirroja natural -lo cromático, que tanto dice- a ritmo de chotis burlesque, bajo vídeos de Carmen Miranda en una pantalla gigante.

Todo eso, o más, sucede cuando uno se toma la noche como una carretera que rompa los campos verdes, y resulte ser otra trampa. Entonces, se huye otra vez, se bajan otras escaleras, recorriendo pasillos espejados, aquí un salón con mesas desnudas, como un hotel fantasma o un daguerrotipo materializado. Hasta el baile, y los hombres con falda, y las mujeres extrañas y afortunadas, que ya se presentan directamente con epítetos. Entre miles de bombillas LED tricolores: de color rojo, de color azul, del color de sus ojos.

Mientras los pinchadiscos llevan caretas de dos Power Rangers. Y, en mi fuga, tardé una hora en darme cuenta de que, en la serie, ambos eran la misma persona: el blanco y el verde (no la he visto pestañear aún, no sé si esos ojos no lo hacen, o es una ilusión sincrónica, o es que es tan intensa la mirada que persiste en la retina en lo que baja y sube el anodino párpado).

Ya, al final, saliendo de otra cama, volviendo hacia mi casa cuesta arriba, amaneciéndome, anguloso, me dí cuenta de que huí del nombre antes de salir de casa. Cuando salí por la puerta, ya huía de su mirada, y a cambio estuvo toda la noche golpeándome burlesca el epíteto, el rasgo distintivo, la materia elemental femenina que yo cojo para construir una mujer ficticia a su alrededor y distanciarme así de la real.

No, en mi próxima fuga huiré de ella,  pero nunca de sus ojos. Así tenga que irme hasta Londres para ser otro, tener otro móvil, otra lista de contactos, y que no figuren sus llamadas perdidas, marcadas como “ojosverdes”. Huir del país para no engancharse a una mirada es una tremenda excusa.

Written by Javi Sánchez

mayo 15, 2009 at 12:03 pm

http://tinyurl.com/d4mlop

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Y casi muero. Por si no fuera bastante salir del antro, meter lengua, tocar culo y saber que no hay posibilidad de polvo. En la calle, en todo caso. En los 3,5º de la calle, mientras viene un autobús, y el tercero mira y baila en la parada. Con un ridículo sombrero de paja. Da igual. Me despido, “hasta la vuelta”. Volvería. Mañana mismo, o antes de irme, así es el polvo inexistente. Volvería ya, sin irme. Puto dentista, puta vida, puta casapadres, casi muero.

Porque despierto al taxista cuando les dejo en la parada, y veo en sus ojos algo peor, mucho peor que mi reflejo. Y, efectivamente, llega la primera rotonda, línea recta para él, mientras anoto mentalmente y distraído un principio de post, “no es secreto que me ponen las tías más altas que yo…”, cuando me pego el hostiazo contra el respaldo delantero.

Y mira, mira que se lo digo al colega, que no corra -el otro taxi, todo legal, carril correcto, nos ha esquivado de milagro-, que no hace falta. Se lo digo muchas veces, en la estación de autobuses, tomando café. Pero ahí va, corriendo -estamos en medio de cuatro carriles, hijodeputa-, y no me hace caso. Venga que te corre. Fíjate, el autobús -no el autobús, el Juggernaut, coño, en una perpendicular tan exacta que lloran los matemáticos muertos al verla en la naturaleza: sé que lloran, porque están al otro lado de la luz, tan cercana ahora-. Y no se para. Si es que qué prisa habrá, muchacho, qué prisa -y nos sube a la rotonda, al cesped, a la bandera, mientras nos palpa el culo el autobús, con la misma violencia que yo palpaba hace cinco minutos de polvo logistícamente imposible-. Ay, muchacho. Yo tomo café, no creas. Yo lo tomo con el amigo de antes, pero mira cómo ha corrido. ¿Te has dado ahí? -hn, qué, ah, el respaldo debe ser el ahí charro, esta vez; no no, lléveme a casa ya- Esto es una mierda, no veo nada, los años no perdonan, no te importa este semáforo, llegamos antes, no te quiero gastar los dineros, muchacho, cuál es tu portal -en la esquina, en la puta esquina, y estoy casi llorando mientras lo digo, casi muero-. Mejor me meto aquí y no molesto. ¡Joder! -un bolardo entero, en la puerta de mi casa, adiós mis excusas, tengo un vecino en la ventana y un taxsta mucho peor que yo, pero la vergüenza es mía- Dame, dame. Un segundito que te devuelvo, es que casi no veo con este amanecer -no, quédese todo, los cinco euros, tengo más si quiere, me bajo ya-. Gracias, muchacho, un café a tu salud, y no te preocupes, que yo le digo que no corra.

Al bajar, casi me estampa, me roza la bota y anoto su matrícula para cuando vuelva aquí yo, a Salamanca, a buscar culo y venganza. Abro la puerta. El demente pater familias de la puerta de al lado (otra historia, será contada, tal vez) abre y mira, sonríe demente. Y yo saludo, entro. Me ducho, desayuno, tengo dentista en tres horas. Escribo aquí. Corto y pego y me descojono, despertando a mi madre. Casi morir, es sólo otro ejercicio de teclas. Me descojono: esto soy.

Written by Javi Sánchez

abril 17, 2009 at 6:20 am

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This actually happened, people!!

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-Si me demuestras que no eres como los otros tíos, tendrás lo que quieres.

-¿No se te ha ocurrido pensar que, si no soy como los otros tíos, a lo mejor no quiero lo que quieren ellos?

-Uh… ¿Qué?

-Y, además, por qué tengo que demostrarte que no soy como “los otros tíos”. ¿Qué otros tíos? ¿Te has liado con todos los tíos del largo universo para saber cuáles son los otros, y cuáles los que no son como los otros? ¿Sólo hay dos categorías de tíos: los otros y los que no son los otros?

-No, no, yo sólo…

-Debería haber una tercera, ¿no? “Los tíos”, a secas. Luego estarían “los otros”, y ya si me apuras, “los que no son como los otros”. ¿Y los gays?

-¿Qué pasa con los gays?

-Exacto. ¿No son tíos? ¿O es que sólo cuentas a los tíos heterosexuales? ¿Son los heterosexuales como los otros? ¿Cómo los divides? ¿Cuáles son las categorías?

-Pero es que a mí me han hecho mucho daño.

-¿Quiénes?

-Los tíos.

-¿Todos? ¿Los otros? ¿Los gays?

-No…

-Y es más, si tú quieres darme lo que no le darías a los otros tíos que si lo quieren, ¿por qué iba yo a querer que me dieras eso mismo? A lo mejor eso es lo que me darían las otras tías. Y, si yo no soy como el resto de los tíos, puede que no quiera que me des lo que les darías a ellos. Y puedo querer que me demuestres que no eres como las otras tías antes de darte lo que tú quieres, que no es ni más ni menos que lo que te dan los otros tíos, previa demostración de que no lo son.

-No entiendo nada.

-Pues es tu puta lógica circular.

-…

-¿Sí?

-¿Quieres subir a mi casa?

Written by Javi Sánchez

abril 8, 2009 at 12:04 pm

Publicado en De buen rollo

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