Horas químicas

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La cola del Dia me quita las ganas de vivir

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Tuiteo hace diez horas el título de este post y es cierto: cierto cuando lo escribo, cierto cuando lo dejo reposar y ceno lo comprado y duermo y me despierto sin ganas de vivir porque me las quitó la cola del Dia de la calle de Barceló, espanto de humanidad porosa y supurante. Un trozo bien grande de gouda, una coca-cola zero de dos litros, un calefactor gigante de lado a lado en las cajas atizando a los cajeros como pollos en lento asar, o amalgamas de pollo, cajeros pre kebab que se piden la botella de agua entre ellos.

Ya desde antes se pierden las ganas, las arrebata la entrada con el negro pobre que te dice amigou mientras mece, por alguna razón que se me escapa, un cochecito de niño blanco. Las cercena la presión de las estanterías maximizadas donde las personas sólo pueden penar sin retroceso, el viacrucis de los desayunos, el de las latas, el de los precocinados y así hasta el gólgota, donde aguarda el werepollo crucificado a caja gayola en la calefacción infame. Que te va a sudar el gouda, la coca-cola, las propias ganas de vivir te las va a sudar como emisario de la política humana del Dia: un calefactor delegando en su cajero el asco de la mano tumefacta y húmeda sobre el muslito pre púber de la compra, tan personal como la puta alma, si bien real y valiosa.

La cola del Dia nos hace a los procesantes mezquinos por contagio, aunque sea por el mínimo roce social, la interacción obligatoria con ese tipo de gente que sólo lleva unas natillas y les dejas pasar y ya que han pasado piden una recarga del móvil puede que por algo mucho peor que por joder al que le ha cedido el turno: porque ven natural, porque es conducta recargar el móvil en el Dia. Claro que es conducta, cómo canta los números, que se los sabe, que da igual que el cajero no los pille al vuelo y repetirlos a la misma velocidad y a la misma y otra vez, sosteniéndote la mirada y las natillas que compró, con ese encogimiento de algo, que no es ni de hombros: qué culpa tiene él, con lo mucho que recarga en el Dia, de que aún no se sepan el número. Por detrás el mugido y la protesta y la algarabía y ahí en chiqueros el jodido gouda, la coca-cola de las narices, el encajonado, el por qué [no compré en los chinos] a los cielos, el emputecimiento y ya en murmullito, como de pis, las ganas de vivir que se pierden, se mean patabajo: ése es el suelo pegajoso del Dia, ánimos de España filtrados por la uretra.

Luego, en la puerta, pensando en romperle la cabeza al de las natillas, como acto de afirmación, como única vía para recuperar lo bello y lo deseado, como ritual purificador al bañar el gouda y la cocacola y las monedas de la vuelta en su sangre para quitarle el sudor maldito del cajero pollo, me lo encuentro. Se va, se está yendo, se ha ido dándole 10 céntimos 10 al negro amigou y llevándose el cochecito del bebé blanco que llora tanto como frío hace. Blanco como el rapado natillero que no llegará a los 20 años y recarga el móvil en el Dia de la Calle Barceló. Y entonces no, me voy a casa y no le parto la cabeza con su móvil ni le tapono la tráquea con sus propias natillas hasta que se ponga azul y muera, no sea que alguien confunda su muerte con un acto de justicia, puede que hasta de humanidad.

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Written by Javi Sánchez

noviembre 29, 2011 at 6:08 am

Publicado en De buen rollo

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