Horas químicas

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No preguntes

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Levanto la cabeza del Diccionario del suicidio, tratando de colocar la cronología tétrica del último día, ahora que ya deben ser las once o así. La primera pausa es en el pantalón ceñido a esa cadera generosa que he visto desnuda y blanca. Trato de tirar de mi mirada, de cogerme el pelo sin manos para alzarme la vista -los ojos, ay, ya son de muñeco o retrato, carecen de independencia de mi rostro, y éste es colonia de mi cabeza: las resacas, que arrasan bisagras y unifican o reducen- hasta las tetas, por encima de las tetas, trepando los arrecifes de carne. No hay, caballeros, que detenerse en las tetas cuando se alza la mirada, porque es naufragio de pobres vulgares.

Pero ahí estoy, con el libro inmediato, el desayuno en primer término, y las tetas en segundo plano, sopesando si recaer en los suicidas, o quedarme colgado de los recuerdos: las tetas. Entonces, surgen las manos con un puñado de billetes, a la altura misma de sus tetas y mis tostas. Un billete tras otro, movidos con una habilidad de la que yo carezco para todo lo que no sea el tecleo, el juego o la carne.

Hasta los 500 euros, supongo, fascinado ante el desfile de billetes, con el olor del tomate y el aceite limpiándome la boca del regusto necio de la química. Por un momento, vuelvo a tener la mirada independiente, desglosada de mí, y a la derecha hay un tipo grande y recio, con una camisa estrepitosa de cuadros rojos y blancos, barrigona. Debe haber dos metros de tipo ahí, con unos cuarenta años para forjar ese armazón enorme y grotesco. Juzgo y construyo la imagen, cuando una mano bestial surge del bolsillo del pantalón y suelta un morado. 500 euros, supuse bien.

La mujer de la cadera generosa, el buen servicio, los dedos hábiles, las tetas prodigiosas -y todo lo que falta, que también conozco, o empiezo a dudarlo- agarra el billetón (y pienso, con la lógica de la bajona, que cómo un tipo tan enorme no iba a tener billetes de 500, claro. Claro) y le desliza el cambio -o lo que sea- por debajo de una tapa de paella en la que no había reparado yo, tan aturdido por el dinero, el sexo, los escritores muertos. Tan aturdido que no sé lo que estoy viendo, ni por qué.

Me chirría la cabeza en esa ausencia de entendederas que me pierdo más pasos: la sonrisa de ella, el rostro del tipo, la voz femenina llamándole Isidro con una familiaridad que no le he oído ni para mi nombre -cierto es que, hasta la fecha, soy nombre de una noche-, el destino del morado, el momento en el que el hombretón  de patillas espesas ha engullido la paella y debajo de la tapa -efectivamente: la tapa- ya no hay rastro de dinero. No sé qué pasa. Y cuando ella me llama por mi nombre, sé que mi ignorancia se ha barruntado sin apartar los ojos, otra vez, cómo no, de las tetas. Sólo puedo pensar -no me atrevo a mover la cabeza- que ojalá el ciclópeo Isidro no me haya visto verles. O que piense que sólo he visto tetas. No caerá esa breva.

Tras mi nombre, se acerca, me rellena el café mientras susurra “ve por tabaco” y se abrocha coqueta el último botón de la camisa, hasta que no hay ni un mínimo de escote. Autómata perdido, me dirijo hasta la máquina del fondo, muy al fondo (es una cafetería nominal, un pub arquitectónico), y ella sale por la barra y baja hasta el almacén, por las escaleras de la izquierda. No miro a mi alrededor antes de seguirla.

Fuera de la barra, es mucho más bajita. Eso lo pensé el día que quedé con ella, y lo vuelvo a pensar según me coge, me echa los brazos al cuello, me deposita la lengua en la boca con suavidad, se ríe “sabes a farlopa” y me mete en el almacén. Allí vuelve a besarme, me coge las manos, las pone en sus tetas, aprieto autómata tratando de no pensar en mi cara, en la cara que debo tener pensando todo esto, viviendo todo esto antes de escribirlo aquí. Suelta un ligero gemido mientras me aprieta las manos con fuerza para que yo apriete más.

Cuando ya no sé si estoy cachondo o acojonado, vuelve a besarme rápida y me dice “no preguntes”. Otro beso y otra vez, sonriente, “no preguntes”. Y se va. Como tengo la manía de pagar el desayuno antes de tomármelo, subo, recuerdo que he dejado el paquete de tabaco caído en la máquina, lo recojo, y salgo por el fondo, alejado de la barra, sin mirar hacia los lados.

Al llegar a casa no pregunto y recibo un mensaje en el móvil. “Llámame siempre que quieras. Pero no preguntes. Te has olvidado el libro. Muak”. Me mudo dentro de cuatro días. Y no rumbo a lo desconocido, no. Lo desconocido lo tengo a la vuelta de la esquina.

Written by Javi Sánchez

junio 27, 2009 at 12:02 pm

Desnudando a Audrey Hepburn

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Salamanca tiene una cuesta entre mi casa y mis noches, llamada de Sancti-Spiritus (con su correspondiente iglesia homónima, gótico-plateresca como suele mi ciudad, cuyos contrafuertes exentos albergan el mayor olor a pis que ha tenido nunca mi nariz) , cuya inclinación sobrepasa el 27% en un tramo. Al salir es de bajada, de subida al volver. Durante más años de los que me habrían gustado, la noche no era noche hasta que no bajaba grave y veloz, sin más impulso que levantar un pie y otro. Por eso, cuando digo que me dejo caer cuesta abajo hacia la noche, lo hago con más realidad que metáfora respaldando mis palabras. Aunque esta Madrid que es tan longitudinalmente absurda como delicadamente inclinada me niega la mayor, y sólo me deja la metáfora:

que ayer me dejé caer cuesta abajo hacia la noche, huyendo de la cita, del nombre propio -siempre epítetos para proteger el pecho, los nombres rompen corazas-, de la campanadita sincopada con el pulso, de ojos verdes cual dionaeas huía mi silueta de mosca. Y, cuando la noche es fuga y supervivencia, cuando se rueda la noche para que se destiña todo, que no haya más ojos verdes a la luz eléctrica de los faros y farolas, la vida es una road movie de corto alcance. Se estropean los planes que se hacen entre zancadas, y sólo queda el viaje: de las Ítacas huímos, señor Bloom.

Hagan lo inesperado en esas noches, de corazón arañado de esmeralda se lo digo. Vayan a un casino, escóndanse en una coctelería tan cara que pueda pasar por chic. Y finjan una edad tan interesante como maldita, plagada de divorcios y fracasos, con más ruido que música. No pretendan sinfonías ni orquesten las calles como suelen. Huyan de la propia huida, hasta que no sepan ni que están huyendo. Hasta no saber ni el nombre propio, si de otro se escapa.

Porque, si no, decidirá la noche por ustedes, con castigos extraños, con viejos con sandalias y mirada de vaso sucio acercándose en las barras. O les arrojará a la cara un striptease con mantón de manila, clavel reventón, boina chulapa, y pezones de pelirroja natural -lo cromático, que tanto dice- a ritmo de chotis burlesque, bajo vídeos de Carmen Miranda en una pantalla gigante.

Todo eso, o más, sucede cuando uno se toma la noche como una carretera que rompa los campos verdes, y resulte ser otra trampa. Entonces, se huye otra vez, se bajan otras escaleras, recorriendo pasillos espejados, aquí un salón con mesas desnudas, como un hotel fantasma o un daguerrotipo materializado. Hasta el baile, y los hombres con falda, y las mujeres extrañas y afortunadas, que ya se presentan directamente con epítetos. Entre miles de bombillas LED tricolores: de color rojo, de color azul, del color de sus ojos.

Mientras los pinchadiscos llevan caretas de dos Power Rangers. Y, en mi fuga, tardé una hora en darme cuenta de que, en la serie, ambos eran la misma persona: el blanco y el verde (no la he visto pestañear aún, no sé si esos ojos no lo hacen, o es una ilusión sincrónica, o es que es tan intensa la mirada que persiste en la retina en lo que baja y sube el anodino párpado).

Ya, al final, saliendo de otra cama, volviendo hacia mi casa cuesta arriba, amaneciéndome, anguloso, me dí cuenta de que huí del nombre antes de salir de casa. Cuando salí por la puerta, ya huía de su mirada, y a cambio estuvo toda la noche golpeándome burlesca el epíteto, el rasgo distintivo, la materia elemental femenina que yo cojo para construir una mujer ficticia a su alrededor y distanciarme así de la real.

No, en mi próxima fuga huiré de ella,  pero nunca de sus ojos. Así tenga que irme hasta Londres para ser otro, tener otro móvil, otra lista de contactos, y que no figuren sus llamadas perdidas, marcadas como “ojosverdes”. Huir del país para no engancharse a una mirada es una tremenda excusa.

Written by Javi Sánchez

mayo 15, 2009 at 12:03 pm

La verdad ya no existe/Lo tuyo es puto teatro

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kirkleia[Inserte aquí su lúbrica fanfiction]

Ando por la vida picoteándolo todo, como un pajarillo negro en un bosque de ahorcados. No me centro, es difícil. No tengo todavía un trabajo digno de tal nombre -que, por definición, es algo indigno y sucio-, y la dualidad bofetada/caricia que ha emprendido conmigo la vida, desde que Zorratumor se cagó de mi biografía, me tiene trastabillando hasta el punto que ya confundo la hostia con el mimo, tanto de ambos hay, tan seguidos, tan veloces, tan parecidos a veces.

Tan escasa la respuesta emocional o pavloviana por mi parte a la hostia o la caricia, todo hay que decirlo.

Me hace gracia, en un buen sentido, como gente [y donde pone gente, pongan mujeres] que desconoce mi biografía por completo va escalando los dos o tres apoyos que mi persona no empática siempre deja accesibles (vías de comunicación, poco más, en las que ni mesuro ni desato al contestar). Me hace gracia porque soy altamente hipotético -también imaginario: c’est ne pas un blog-, pero sólo de mis hipótesis. Y me sorprende la gente [y donde pone gente…], la que semanas más tarde te escribe, y te busca, ehm, un Algo Más, una respuesta, una oportunidad, una ilusión, una tontería, un momentito de intervalo entre el aquí y el ahora en el que poder gilisoñar -y no es malo para el ego que giliensoñen con uno, aunque uno sea desconocido, poco más que secundario exposicional, muy muy por deabajo de un deus ex machina en los resortes fáciles-.

No es malo. Yo gilisueño mucho, fíjense sólo en mi fin de semana, que me dejó gilisueños de amor motorizado y bello desde el viernes; tengo gilipesadillas plásticas lubricadas desde la mañana del sábado; tengo giliensoñaciones de tarde de domingo en las que la vida da por culo a mi ex como una dodecupla penetración anal simultánea, que las once anteriores ya están allí por su sacroputa voluntad. Tengo gilianhelos de 21 años; tontilucinaciones de edad desconocida y voz indolente; idiolizaciones propias de la treintena, de la mía; chorriansias de mediana talla y generoso escote; bobonsalmos en los que letanizo uno o varios nombres en nombre de la primavera o la gripe porcina.

O no, y me lo estoy inventando todo, y nunca tuve una ex que así la coman los cuervos cuando finalmente se ahorque -no se suicide, se ahorque-, y mueran los cuervos con el veneno e inventen un nuevo Aporkalypse con su carne miasmática, su nombre miasma, todo su ser pernicio propio y ajeno, sea maldita hasta por los dioses que no rezo.

O no, y me lo estoy inventando todo, y no me enamoré fugazmente bajo un golpe de Stendhal kinemático, al enmarcarse muy realmente la narración de su voz con la de su persona con la de mil vehículos derramándose por todas partes, jugando -los muy cabrones- a enlazarse con mi anterior post sobre Ballard, coches, sexo.

O no nada, onanismo, tanto da, si yo iba a empezar este post con una sola y triste foto, a decirles que la verdad ya no existe, que todo puede ser inventado y revisado, y que ese universo ficticio que crea la mentira -cuando bien se hace y se fabula- es incluso más atractivo a veces:

kirkleiaEsto no es canon, ni universo extendido.

Written by Javi Sánchez

abril 29, 2009 at 6:08 am