Horas químicas

Posts Tagged ‘indefinido

No preguntes

with 6 comments

Levanto la cabeza del Diccionario del suicidio, tratando de colocar la cronología tétrica del último día, ahora que ya deben ser las once o así. La primera pausa es en el pantalón ceñido a esa cadera generosa que he visto desnuda y blanca. Trato de tirar de mi mirada, de cogerme el pelo sin manos para alzarme la vista -los ojos, ay, ya son de muñeco o retrato, carecen de independencia de mi rostro, y éste es colonia de mi cabeza: las resacas, que arrasan bisagras y unifican o reducen- hasta las tetas, por encima de las tetas, trepando los arrecifes de carne. No hay, caballeros, que detenerse en las tetas cuando se alza la mirada, porque es naufragio de pobres vulgares.

Pero ahí estoy, con el libro inmediato, el desayuno en primer término, y las tetas en segundo plano, sopesando si recaer en los suicidas, o quedarme colgado de los recuerdos: las tetas. Entonces, surgen las manos con un puñado de billetes, a la altura misma de sus tetas y mis tostas. Un billete tras otro, movidos con una habilidad de la que yo carezco para todo lo que no sea el tecleo, el juego o la carne.

Hasta los 500 euros, supongo, fascinado ante el desfile de billetes, con el olor del tomate y el aceite limpiándome la boca del regusto necio de la química. Por un momento, vuelvo a tener la mirada independiente, desglosada de mí, y a la derecha hay un tipo grande y recio, con una camisa estrepitosa de cuadros rojos y blancos, barrigona. Debe haber dos metros de tipo ahí, con unos cuarenta años para forjar ese armazón enorme y grotesco. Juzgo y construyo la imagen, cuando una mano bestial surge del bolsillo del pantalón y suelta un morado. 500 euros, supuse bien.

La mujer de la cadera generosa, el buen servicio, los dedos hábiles, las tetas prodigiosas -y todo lo que falta, que también conozco, o empiezo a dudarlo- agarra el billetón (y pienso, con la lógica de la bajona, que cómo un tipo tan enorme no iba a tener billetes de 500, claro. Claro) y le desliza el cambio -o lo que sea- por debajo de una tapa de paella en la que no había reparado yo, tan aturdido por el dinero, el sexo, los escritores muertos. Tan aturdido que no sé lo que estoy viendo, ni por qué.

Me chirría la cabeza en esa ausencia de entendederas que me pierdo más pasos: la sonrisa de ella, el rostro del tipo, la voz femenina llamándole Isidro con una familiaridad que no le he oído ni para mi nombre -cierto es que, hasta la fecha, soy nombre de una noche-, el destino del morado, el momento en el que el hombretón  de patillas espesas ha engullido la paella y debajo de la tapa -efectivamente: la tapa- ya no hay rastro de dinero. No sé qué pasa. Y cuando ella me llama por mi nombre, sé que mi ignorancia se ha barruntado sin apartar los ojos, otra vez, cómo no, de las tetas. Sólo puedo pensar -no me atrevo a mover la cabeza- que ojalá el ciclópeo Isidro no me haya visto verles. O que piense que sólo he visto tetas. No caerá esa breva.

Tras mi nombre, se acerca, me rellena el café mientras susurra “ve por tabaco” y se abrocha coqueta el último botón de la camisa, hasta que no hay ni un mínimo de escote. Autómata perdido, me dirijo hasta la máquina del fondo, muy al fondo (es una cafetería nominal, un pub arquitectónico), y ella sale por la barra y baja hasta el almacén, por las escaleras de la izquierda. No miro a mi alrededor antes de seguirla.

Fuera de la barra, es mucho más bajita. Eso lo pensé el día que quedé con ella, y lo vuelvo a pensar según me coge, me echa los brazos al cuello, me deposita la lengua en la boca con suavidad, se ríe “sabes a farlopa” y me mete en el almacén. Allí vuelve a besarme, me coge las manos, las pone en sus tetas, aprieto autómata tratando de no pensar en mi cara, en la cara que debo tener pensando todo esto, viviendo todo esto antes de escribirlo aquí. Suelta un ligero gemido mientras me aprieta las manos con fuerza para que yo apriete más.

Cuando ya no sé si estoy cachondo o acojonado, vuelve a besarme rápida y me dice “no preguntes”. Otro beso y otra vez, sonriente, “no preguntes”. Y se va. Como tengo la manía de pagar el desayuno antes de tomármelo, subo, recuerdo que he dejado el paquete de tabaco caído en la máquina, lo recojo, y salgo por el fondo, alejado de la barra, sin mirar hacia los lados.

Al llegar a casa no pregunto y recibo un mensaje en el móvil. “Llámame siempre que quieras. Pero no preguntes. Te has olvidado el libro. Muak”. Me mudo dentro de cuatro días. Y no rumbo a lo desconocido, no. Lo desconocido lo tengo a la vuelta de la esquina.

Written by Javi Sánchez

junio 27, 2009 at 12:02 pm

Agárrense que vienen curvas

leave a comment »

Venía de Salamanca a Madrid en un autobús que he montado mil veces, tal vez mil, sí. Como las amantes de larga duración, ese viaje suele ser más agradable que placentero, más cómodo que lujurioso. Pero hoy ha cambiado la cosa, teníamos obras y desvíos, caminos secundarios de nuevos paisajes, con los árboles a medio hojarse, con pequeñas lagunas recónditas de las que nadie me habló -o yo no presté interés, que bucólico lo soy en microdescargas-. Ya cerca del presumible orgasmo estacional, hemos accedido a Madrid por otra ruta, en la que he visto cementerios y niños y animales y postalitas que no imaginaba que se escondieran entre el túnel de Guadarrama y la burbuja monóxida. El viaje de siempre dejó de serlo por sorpresa, accidente o infraestructura, y se ha convertido en un nuevo e imprevisto polvo. Tan bello, que no pienso repetirlo por lo menos en un mes: aquí estoy y aquí me quedo, sobre todo para lo que me queda aquí si no me sonríe la crisis.

También, vengo con la ternura como segunda capa de piel bajo mi dermatitis alérgica. Con la sonrisa en la recámara para disparar de vuelta a las sonrisas féminas. Volviendo a los discos que yacían bajo la mierda, la inquina, la ex. Con ganas de suspirito y tontería, así tenga que inventármelos o confundirlos como unas tags inapropiadas.

Y he pensado que esto (que ni avanza ni retrocede con respecto a mi Quimicefa original y sabe dónde va tanto como sé yo dónde van mi corazón ausente o la primavera que me florece en su lugar) necesita algo más. Y yo con él. Así que mañana les presentaré a Jacinto Pernocta, el primero de muchos y variados escritores inéditos e inconclusos que he ido documentando en estos años con mi chapita de detective amateur.

Probablemente, el escritor más importante de la Móvida. Y hasta aquí pueden leer.

Written by Javi Sánchez

mayo 5, 2009 at 12:48 pm

Publicado en Trámite

Tagged with , ,

“Estás desperdiciando tu talento”

with 6 comments

La frase, evidentemente, no es mía, pero a mí iba dirigida. Por una persona monovital, sin mayores intenciones. Y no, no es de ayer. Lo que más me jode es que vino a cuenta de Mondo Píxel [el increíble volumen 2 de los mejores textos sobre ocio electrónico se acerca, malandrines] y  mi doble felicidad por su existencia, y mi participación en la misma.

Evidentemente, la persona que lo dijo no tiene ni puta idea ni interés alguno por el tema, y lo mejor que se puede decir de ella es que es muy siglo XX. No vamos a hablar aquí de cuáles son sus talentos -uno, porque sólo tiene uno-, ni tampoco de sus limitaciones, porque la frase es, en sí, una frontera norcoreana que dice mucho sobre el interior de la persona y la zona desmilitarizada que es su neocórtex, donde no crece ni el arroz.

(Por otro lado, me han alabado el talento este fin de semana,  a obra puesta, y no vean lo bien qué sienta. Especialmente, porque con el halago encima, me doy cuenta de dónde están las carencias y sigo metiendo llave inglesa hasta que lo escrito sea tan preciso como la pelvis de Elvis repicando en doce compases. Si tuviera que ofrecerles un único aforismo al estilo clásico, les diría: sean siempre dignos de las alabanzas que les depositen. Es buena filosofía.

De nada, por cierto.)

Miren, no soy de esos egocéntricos que le regalarían a su madre Mondo-Píxel por el día de la Ídem (una Samsung 19 pulgadas, sí, te quiero mucho, y parir mi cabezón sin cesárea tuvo que ser ciertamente jodido).  No lo necesito, no es mi madre u otros públicos no objetivos quienes tienen que apreciarlo. Soy de los otros egocéntricos: a los que les gusta lo que hacen y lo relativo a lo que hacen, y bien está que sea así para ellos. y sus pares. Sí que evangelizo a veces con los videojuegos, quién no, pero no se me ocurriría que porque alguien escriba acojonantes análisis sobre las eddas nórdicas -cosa que ni me va ni me viene-, esa persona estuviera desperdiciando su talento por no preocuparse por los entresijos comunicativos del Wiimote -si, además, sólo cambia el objeto de estudio-.

Aparte -y perdonen que no lo dialogue, estas son las explicaciones que di con cierto cabreo, pero estoy pariendo guiones en camada y estoy saturado de esa forma de expresión escrita-, el talento. Me siento un cráneo previlegiado por compartir firma con tipos tan absolutamente impresionantes como la plana pixelera. Y lo que no es firma. Es bonito, porque la sensación de orgullo, innovación y exploración de nuevos caminos es una constante. Es una hermosa colección de egos, pero muy bien puestos y agradables. Mi talento es haber conseguido estar al lado de ellos sin sonrojo, y con la misma admiración del primer día.

Que una personita de vida sin esquinas ni curvas, del grosor de un punto, me venga emitiendo ciertos juicios de valor, (y más después de saborear el viernes que soy mucho más rico en conocidos que en conocimientos, y que se dan la manita en tantos casos), no molesta. Pero ofende, y me hace pensar: estoy hasta mis viriles y no vasectomizados testes de tener que andar justificando mi actividad mental y manual -disculpar la masturbación, a estas alturas, quiá-, de pedir disculpas por saber hacer bien lo que sé hacer (y esfuerzo cuesta: cada día intento ser un poquito mejor, y desde el apocalips-ex, trato de ser la mejor persona que pueda ser. Por joder, también, para que haga mella la comparación biográfica hasta que ella sea antítesis de mí por debajo, pero eh), de encontrarme bloqueos por doquier por parte de gente que objetivamente es mediocre en comparación conmigo.

Y de que cada vez que comparto mantel, birra o baile con cada uno de mis brillantes conocidos, tenga la sensación de que así es, más o menos para todos. Es cierto, pues: estoy -estamos- desperdiciando nuestros talentos. Viviendo en un país donde la envidia y la ignorancia compiten cada día por ver cuál de las dos será discurso único. Tratando con personitas a las que todo les viene grande y que, como no escribo best-sellers ni hago crónicas políticas, piensan que me desperdicio (nada malo en esas dos dedicaciones, por dios).

Pero bueno, dos dudas que me quedaron. Una, ¿es mi talento escribir novelas o hacer periodismo de alcachofa? ¿O es la capacidad de humillar, aplastar mentalmente, reducir a cero al interlocutor cuando me busca el ninja? ¿Y si mi talento fuera el asesinato como bella arte? ¿Debería desarrollarlo en lugar de teorizar sobre semiologías interactivas?

Y dos, interlocutora: ¿estás curando el cáncer, inventando nuevos transistores, salvando negritos del tercer mundo hasta que se extingan las pobres moscas que los afligen -como se extingue la ladilla por la popularización del chocho a la brasileña: no se rían, hay estudios sobre ello. Pagados con impuestos-, revolucionando la dependencia energética del pudding de dinosaurio, inventando la erección constante, testando la píldora mágica de inagotable sabor a vainilla, fusionando átomos en frío, desarrollando la necesaria teleportación, acercando el futuro a nuestras conexiones neuronales, implantando Google en nuestros brazos, calculando el algoritmo del amor eterno, demostrando o negando de forma definitiva la existencia cuántica de DIOS, haciéndonos inmortales, liando cigarrillos que no maten ni dejen el pulmón como si la ex se hubiera cortado las uñas en la pleura, avanzando el mundo con tu paso y pulso?

No.

Pues estamos en las mismas. Yo, al menos, no tengo problemas con la inutilidad de mis textos en comparación con todas esas necesidades humanas de primer orden. La vida es, en sí, bastante inútil. Un talento desperdiciado, cada vida, si al final se acaba.

Written by Javi Sánchez

mayo 3, 2009 at 10:12 am

Publicado en De buen rollo

Tagged with , , ,

Sed de mal

leave a comment »

Toda una vida.

Toda una vida leyendo cómics, jugando a videojuegos, sumergido en las más banales convenciones de la cultura pop sobre referentes icónicos de blanquinegra moral. Imaginando a la luz de las páginas pulp, malediciendo a la ex, escuchando atmósferas oscuras, indagando en metáforas autorreferenciales, signos y símbolos por doquier tan conceptualizados que se absolutizaban con un “lo” superlativo precediéndoles.

Y nada: ni imagen ni texto ni discurso ni fonema ni nota ni signo ni plano ni carne ni nombre ni símbolo ni ex ni nada. Nunca había visto una encarnación de LO MALIGNO tan poderosa, un meme tan fuerte que ya tiene infectadas todas mis neuronas con una vista en miniatura vírica e imborrable, a no ser que formatee todo mi yo. Ni Jack Kirby ni Milton ni hostias. Esta foto.

nac_nac_web_21

—beware your fears made into light

Está todo tan bien construido y aseado en esta foto que es inútil su disección. El sabueso satánico inmóvil ante el contacto óseo y cuasiespectral de “El ex presidente” (esa mayúscula gazapil en el artículo, por cierto, está en el adelanto que hace el propio ABC); la torvísima mirada, la impresión de que nada bombea ese interior granítico y terrible, pues la sangre es cosa de humanos y Aznar un concepto que trasciende esa mera incomodidad biológica… Brr. Es el lich, el autómaton, el monstruo, lo alienígena cuya mera contemplación destroza el status quo de la frágil capa de humanidad que portamos, provoca la repulsión aracnida en lo más recóndito de nuestro cerebro animal. Incluso el modelo cromático, con ese aura de pantócrator inverso da un repelús en lo más hondo de la losa judeocristiana con la que nos atizaban el biberón cultural: es el aznarcristo, que es como el anticristo pero en real.

Según tecleo, quiero apartar la mirada y refugiarme bajo una sábana, remedando algo hermoso que rompa el influjo: qué se yo, un trozo de Schubert, un poema de Dylan Thomas, un escote generoso en la retina, un baile ya olvidado, una página de Miguelanxo Prado, un millar de vehículos tridimensionales rompiendo la física y los cánones de belleza que el triste espaciotiempo nos impuso. O algo.

Porque hay tanto canon ahí, en esa imagen, tal perfección y exactitud, que es necesario ir más allá para escapar a su influjo, al golpe emocional que supone saber lo que siempre se sospechó pero nunca quiso uno confirmar así: Aznar es el Mal. O peor. No hay Mal, en el sentido clásico, más allá de Aznar. Está todo ahí, desde Mefisto hasta Palpatine, pasando por Victor Von Doom.

Y es el ex de todos ustedes, les guste o no. Perdón, El ex.

Written by Javi Sánchez

abril 25, 2009 at 7:06 pm

Publicado en De buen rollo

Tagged with , ,

el crimen sí compensa

with one comment

Y sigo febril. No sé si se aplica aquí la misma fórmula que se ha ido empinando desde la veintena , donde a cada día de fiesta y desmadre le corresponde al menos medio de reposo. Siendo muy generosos -porque es verdad que desde los 30, muchas veces la relación es de 1:1-, no debería ni de sorprenderme: son 13 días prácticamente non-stop, acumulados, y cada uno más bellaco que el anterior, más criminal que el que precede, más asesino, arriesgado, funambulista.

Llevo cuatro en la cama, tocando fondo los dos últimos, limitadísimo. Me deberían quedar dos más, que no puedo o quiero permitirme, porque ya estoy en la sopa de sobre, y de ahí se pasa al suicidio, directamente: mientras el mundo hace sus cosas de fin de semana no se puede estar en la cama borracho de fiebre y de bacterias. Es malo para el ego y la propia imagen. Casi delictivo, sí: si el fin de semana sigo enfermo, pienso dar rienda suelta a mis delirios, y acudir lamentable hasta los juzgados de Plaza de Castilla, a querellarme contra mi propia persona.

Peor, no tengo el apetito -tal vez sí las ganas, o sí el querer, o sí la necesidad, pero sin apetitos poco hay que hacer conmigo, se lo digo desde ya a cualquier candidata a futura ex- de fumar ni de masturbarme. Tampoco de cocinar, recoger, jugar con mis consolas, leer nada que no sean cómics -y preferentemente ya leídos, que no da mucho de sí la cabeza-. Pero, eh: cigarrillos y pajas. Algo que hasta los curas tienen permitido. Esto soy, menos hombre que un sacerdote. Y la fantástica sanidad pública madrileña -reitero que todas mis ex juntas no son tan  hijasdeputa como lo público madrileño- me ha dado cita para el LUNES POR LA TARDE. Para conseguir una triste receta de amoxicilina con ácido clavulánico, que es lo único que necesito para atajar esto.

En serio, y a riesgo de incitarles a un delito contra la salud pública: si alguno de mis lectores tiene, aunque sea, tres tristes comprimidos de amoxicilina con ácido clavulánico -mis bacterias se descojonan de la amoxicilina normal, la encierran en el baño de los chicos; le hacen wedgies con el tanga- que se ponga en contacto conmigo. Y le recompensaré de múltiples formas: con cigarrillos, con un autógrafo, con los libros de mi ex, puede que hasta CON DINERO.

Déjenme ser su Kingpin, y no sólo pondré la ciudad a sus pies, sino que les presentaré cachondas asesinas ninja, o macizos abogados ciegos. Todo por un poco de amoxicilina (con ácido clavulánico). Venga. Va.

Written by Javi Sánchez

abril 23, 2009 at 8:58 am

Amalgama de plata

leave a comment »

No sé si es por la cantidad de tiempo pasada en casapadres (donde uno no puede decidir algo tan simple como la cantidad de comida que desea, o su temperatura), pero tengo la sensación de que el mundo me trata como a un niño discapacitado. Hay varios ejemplos. Ayer, discutiendo con cierto abogado las jugadas pasadas y por venir, tenía un mensaje en el móvil de llamada perdida, rubia, voluptuosa e intempestiva (cuatro condiciones que por separado pueden molestar, pero cuyo conjunto hace que lamente haber tenido el móvil fuera de cobertura). El mensaje mostraba el nombre, el número, la hora, lo de siempre, lo esperado. Pero debajo, y juro que no lo había visto nunca, leía esto:

Si quiere devolver la llamada, pulse la tecla verde de su móvil.

Elegante forma de llamarme imbécil, vive dios. Pero, hay más. Hoy, tuve una sesión de tortura bucal en la que yo me repetía a mi mismo que no había tanta diferencia entre mi vida emocional y el disco dentado que me clavaban en la encía de la última muela, que yo era Jack Nicholson y Bill Murray, que el masoquismo mola mucho y que, al fin y al cabo, el dolor es información y puedo manipularla.

Tras todo eso -salpicado con perlitas como “es que esta sangre me lo complica todo”, mientras mi pobre encía lloraba despreciada en mi cabeza, monologando “¿acaso no sangro si me clavan puntiagudos metales en mi carne?”-, me dio cita para mañana, y me despidió. Cruzando yo el pasillo, me chistó un segundo -odio que me chisten. Y que me den con el dedito en la espalda. Lo odio mucho-, y me dijo:

Debería decirte que no mastiques hoy por ese lado.

Gñ. Sólo porque vaya a hablar todo el día como Corky, no significa que lo sea, maldito racista de encías. Además, masticar. Ya sé que hoy no puedo masticar por ahí. Cada vez que tengo consulta me preparo una rica crema de berenjenas y miga de pan. Pero, no. Dígame las cosas importantes, yo las pregunto si hace falta: ¿Puedo besar hoy a alguien? ¿Sacar la lengua sin problemas? ¿Hacer pedorretas en alguna tripa? ¿Aislarme del mundo entre los muslos? ¿Morder un cuello? ¿Con los caninos o con los incisivos? ¿Dejar que me atrapen el labio superior?

¿Por qué las profesiones médicas confunden lo importante con lo innecesario?

PD: O, si hay que tratar a la gente como si fueran niños discapacitados, háganlo con algo que les ayude. Y en lo que sean realmente torpes. Como me acaba de pasar por mail. Con cinco simples palabras.

Written by Javi Sánchez

abril 16, 2009 at 11:33 am

Publicado en Uncategorized

Tagged with ,

Aviónica

with 5 comments

[Adoro a mi madre por encima de todas las cosas. No se pasen ni media con ella si comentan. De mí, ya saben: poco pueden hacerme que no me haya hecho ya alguna ex, o el coche que me atropelló cuando tenía nueve o diez años]

Me mata estar en la casa de mis padres estos días, y no poder escribir más de diez líneas sin ser interrumpido por ese defecto atroz del habla salmantina: hay una incapacidad en la meseta para definir los objetos de la conversación y su ubicación espacial. “Te cojo esos” ¿Cuáles? “Los de ahí” Me rindo. “Esos de ahí, los de encima” Tú estás cocinando y yo estoy en la habitación del cablemódem. “Ven a tu habitación”

(No es mi habitación. Es mi ex habitación. Es un cadáver. Un cuarto. Y como hace toda madre, lo tienes embalsamado en unos años con los que ya ni siquiera me identifico. Vas acumulando otras cosas. Libros, cuadros que ya no quieres, ropa que no es mía y que ya no usáis ninguno de los dos. Está genial para ser un arqueólogo de identidades, un forense de adolescencias, lo sé. Uno de mis tíos vive en Alicante desde antes de que yo naciera, y en casa de mi abuela, siempre fue “la habitación de José Luis”, mezcla de almacén y de quien carallos fuera ese tío mío cuando fue salmantino. Allí le he buscado yo, adivinando poco a poco porque fue el primer miembro de mi familia materna directa en escapar de Salamanca. Imagino que influyó para que yo fuera el segundo.

Pero yo no tengo hermanos ni hermanas. Ningún sobrino mío va a repasar los libros para adivinar cuáles eran los míos y cuáles los que han acumulado allí -fácil, si están Irvine Welsh y Danielle Steele, García Montero y Almudena Grandes,  cohabitando la misma estantería, en un fornicio literario absolutamente contra natura-. Nadie va a planear su fuga de la ciudad dorada siguiendo mi poco edificante ejemplo, y pidiéndole consejo a Sandy, mi demonio tengú tallado en hueso de yak que cuelga enfrente de mi cama.

Y la mujer de mi tío, al menos, siempre ha sido espectacular motivo para cualquier fuga: la ciencia forense es un apoyo a la investigación, no la solución al caso per se.

No es mi habitación: no hay wifi)

Así que vamos al cuarto, donde mi madre dice “Javierito, esos”. No le veo los ojos mientras lo dice, ni mueve las manos al hablar. ¿Los cables? “No” ¿Los juegos de la Play 2? [God Hand, Disgaea II, God of War, Dragon Quest VIII] , “No, los pantalones” ¿Los cuatro pantalones que están encima de la única silla de este cuarto? “De tu habitación” Del cuarto. ¿Qué pasa con ellos? “¿Cuáles son para lavar?” Los Levi’s desgastados de costura diagonal, rotos en la pata -por cuatro años de electroclash y britpoperío y otros bailes, no digo. Podría enumerar el rostro y dos circustancias de cada mujer delante de la que han caído esos pantalones en concreto, y el día que me los compraron, en el que nació Ian Curtis: mi cumpleaños. No digo nada de eso-. “¿Cuáles” Esos, mamá. “Ah, haberlo dicho”.

No hay ironía en esto. Los salmantinos son perfectamente capaces de orientarse así. Debe haber algún rasgo fenotípico de la zona que proporciona telepatía de bajo nivel orientada a objetos. No lo tengo. ¿Seré adoptado? He visto a varias personas que, entre loísmos y voces, son capaces de organizar una cena para 30 individuos con media docena de “pon esos ahí”. Si fuera general en guerra, haría una brigada charra de comunicaciones que repartiría entre todas mis divisiones y ni me molestaría en encriptarlas: sin intérprete, yo tampoco sabría dónde coño va a comenzar la contraofensiva. La hora, sí, porque el “luego” charro, en sus noventa y cinco variantes, lo domino como pocos. Pero eso es más por tener pito, y porque el tiempo en las noches es más elástico que líquido.

Igualmente, vuelvo al cuarto del ordenador, borro y empiezo este texto porque ya he olvidado las cuatro líneas que tenía escritas del otro, y leyéndolas no sé dónde iba yo con ellas, ni con este título. ¿Aviónica? ¿De verdad iba a hablar de las alucinaciones con el Gradius que tuve en el Cubic hace dos noches a ritmo de electro y hasta las tetitas? ¿Lo de la alemana, tal vez? ¿Cuálo? [charrismo] Soy salmantino defectuoso, está claro.

Entonces, más o menos cuando yo estaba rememorando-barra-tecleando los polvos y amores que eché con esos, mis primeros pantalones vaqueros no-negros desde los 15 años, mi madre terminó de cocinar y me reclamó de nuevo. “¿Qué hago con estos?” Pero, por la dirección de su voz y el tiempo transcurrido, yo ya estaba enumerando los pertinentes estos que podía haber en los bolsillos de esos. Incluyendo la prórroga caducada del permiso de residencia de mi ex, que encontré en mi bolso del portátil al bajar del autobús, y guardé distraídamente en mi bolsillo del culo. Ni idea de por qué estaba ahí. Ni de que ella me hubiera cogido nunca el bolso.

Tíralos, sin despegar las manos del ordenador. “Vale” Gracias, y termino el post.

Written by Javi Sánchez

abril 11, 2009 at 5:14 pm

Publicado en Trámite

Tagged with , , ,