Horas químicas

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Perseverancia/Rocablanca

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[vitalpost: créanme que éste lo escribo para leerlo yo cada día del mes de septiembre, es mi autopalmada en la espalda en tiempos de crisis. A ustedes, especialmente si no me conocen, les va a parecer aburrido y algo pagado de sí mismo: más o menos como era yo cuando tenía novia]

Ya tengo donde vivir en Madrid: es una habitación pequeña y recóndita, ideal para la privacidad, y nada apta para el amor. Su geografía se ubica entre discotecas, putas y comisarías. Vitalmente, obedece a una serie enorme de serendipias y vidas cruzadas, un reparto coral y magnífico que, paso a paso, me ha llevado allí, sin que (creo) ninguno de los implicados pretendiera que así fuera. Todas las noches que allí duerma, subiré una escalera para llegar a mi cama: es la inversa de mi primer domicilio madrileño, el de San Vicente Ferrer, que me vio todo lo que aquí pretendo recuperar. Mis compañeras de piso (hembras, dos, situación que ha causado la equívoca creencia entre el 90% de mis conocidos de que habrá mambo, y ya me da la risa) creen que soy un ser de fiesta y lilolilo y así me van presentando a su [al parecer enorme] círculo: fiesta y lilolilo. Eso soy yo, pues.

Sin confusiones: voy ahí a retconearme, con la cuenta oscilando entre el rojo y el negro cada día, sin trabajo estable. Después de varios meses viviendo solo en una señora casaza de 60 metros cuadrados, que fue mi castillo, y aquel barrio mi infierno. Voy ahí a hacer vida de calle y salón, y no estar en el zoológico privado que fue esa soledad previa. Voy ahí a escribir y malvivir -tan de la manita-, a ser consciente de que tengo que ganarme las lentejas, a establecer el primer paso de quién soy desde que el odio me ganó la partida como emoción predominante y yo lo recibí con un abrazo de macho.

Y, sobre todo, voy ahí: a recuperar la cercanía a mis amigos, tras mi abandono; a huir de las otras ciudades y sus tentaciones de reinventarme y flirtearlas como desconocidos mutuos; a recordar que yo soy de Madrid porque la ciudad me bautizó en sangre y carne cierto once de marzo; a saber que, cada vez que me amenace el nombre de mujer

(sea en forma de cariño o de congoja, de ñoñismo sin fin o versificación pública, sean cualquiera de mis muchas, otras, malas, adictas, féminas químicas)

ya viviré cerca, a un cruce y una calle Fuencarral en dirección norte, del tanque de café y el cruasánplancha de mi Rocablanca.

Desayunar allí fue mi única rutina durante cinco años. Ya podía caerse el mundo o levitar, despertarme yo como un sólido bloque de carbonita o faltándome piezas de puzzle, asomar el hocico solo o con una compañía intermitente pegada al mismo, tenía el Rocablanca. Por mal o bien que me fuese, esos 25 minutos eran míos y neutros. Y jamás he salido de allí con menos de una sonrisa, aunque durara cinco pasos.

Poder desayunar en el Rocablanca todos los días justifica mi nueva casa y los trabajos con los que tenga que pagar esa dicotomía de cama y cruasán. Es así de simple. Soy así de simple.

Written by Javi Sánchez

agosto 23, 2009 at 10:00 pm

Publicado en Quimicefa

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