Horas químicas

Posts Tagged ‘Salamanca

Terminaré con un cadáver en mi cama: viernes, 30 de junio de 2006

with 2 comments

Salgo de una casa tras una espiral de mentiras de primer orden. La primera, a un ser querido, diciéndole que estaré donde no estoy ni he estado. La segunda, a mí mismo, pensando que soy un titán de la amoralidad y que qué coño importa todo. La tercera, a la jodida cocainómana, inversa comebolsas, que comparte conmigo sus estúpidos sueños sobre instalaciones, performances y blablablás, y comparte conmigo su pollo y A LA QUE LE SABE EL COÑO A VÓMITO. Así que finjo un gatillazo -no, no me voy a follar eso-, dejo que me la chupe hasta que termino y trague y corro a lavarme la boca antes que ella, pensando qué cojones hago ahí, por qué me estoy metiendo un gramo de cocaína con una yonki con ínfulas de bellartista A LA QUE LE SABE EL COÑO A VÓMITO -y no, me he follado unas cuantas farloperas y comedoras de pastillas, no es un cambio metabólico: es su puto coño de mierda-. Es entonces cuando me doy cuenta de que hay algo más patético que ella en toda esa escena, en esa casa repugnante, y soy yo. Así que me doblo, y empiezo a vomitar sin tregua, a vomitar espantado de mi misma existencia, y lo peor es que mientras vomito no puedo parar de pensar que mi vómito sabe a coño. A partir de ahora, no podré evitar pensar que el vómito sabe a coño. Qué asco, joder, qué asco, qué hijadeputa. Mírenme: soy un hombre que hasta ayer estaba orgulloso de pasearse por la vida gritando “me encanta comer coño”.

Written by Javi Sánchez

septiembre 17, 2009 at 11:52 am

Publicado en reblog

Tagged with , , , ,

Ciudad fantasma (III): jueves, 16 de noviembre, 2006

with 3 comments

En esto que son las 11:37 de la noche cuando me llama la altísima, rubia, tetona y tremenda hija de uno de los dueños del ********. Se siente eléctrica, odia a los hombres y quiere salir. Me lo dice, estoy eléctrica y os odio: sal y emborráchate conmigo, hazlo. Sabía que estoy en mi ciudad natal. Odio mi otro blog, odio estar tan disociado que no me di cuenta de que avisé de mi presencia aquí. Bebo gratis en la barra de arriba, separado del mundo por un cartel con cadena que pone “privado”. Me besan. Me dejo. Agarro sus enormes tetas, y compruebo para mi sorpresa que me agradan. Será que ya me gustan grandes, que la última mujer que amé las tenía grandes y me he acostumbrado. Pienso que la última niña que me ha tenido en su cama también tenía pechos formidables. Me agarro a sus tetas enormes, pensando en la última mujer que amé, sigo amando, mientras me dicen fóllame, bajo la lluvia. Llueve. No me hace falta llorar mientras llueve. No soltaría jamás sus tetas y su olor, tan cercano al de la última mujer que amo, que me ha mentido, engañado, roto, y yo me follo todo su entorno como un patético amago de venganza.

Media hora más tarde le sujeto el pelo mientras vomita, bajo la lluvia.

Un poco más tarde, contemplo uno de los cuerpazos del siglo, desnudo y postrado de hinojos sobre la taza del baño de sus padres, y me maldigo por encontrar belleza por todas partes. Henry Miller se masturbaría allí mismo, encima de ella, mientras vomita, fijándose en como se apoyan sus tetas sobre el borde de la taza, entre espasmos. Me queda mucho para ser ese hijo de puta, para exigirle una de sus increíbles mamadas mientras está de rodillas, para encularla semiinconsciente. Eso sí, tengo una erección maderera. Pacientemente le seco el pelo, lavo sus dientes con ternura, la meto en la cama, mando un mensaje a mi madre. Duermo a su lado. He oído demasiadas veces la frase “pero tú hazme lo que quieras”. Precisamente. Duermo a su lado, me quedo dormido contemplando su desnudez, sin mordisquear sus pezones, sin comerme su coño dormitante. Hago lo que quiero.

Horas más tarde, una morena guapísima, flequirrecta, de cintura enajulada en pinchos y aún más alta me despierta sentada en la cama diciendo “no te lo vas a creer: pensaba que eras mi padre. ¿Qué tal? Soy *****. Mi hermana se está duchando”. La hermana aparece en sujetador y tanga, sin rastro de la noche anterior, y se sienta al otro lado de la cama. Pienso que un glitch visual impide que ambas se den cuenta de lo incomodísimo que suelo sentirme conociendo gente en calzoncillos. Borren lo último: me incomoda conocer gente, a secas. Me entero de que tiene 19 años. Secretamente, golpeo mi cabeza, tal vez mis genitales, contra un muro imaginario. Durante el desayuno pienso en el café, en nada más que el café. Negro y reflectante. No miro a la niña, no observo sus formas, no me pierdo en sus ojos, no me entrego a la fantasía de follármela en cualquier rincón de esa casa sin padres, en la misma cama deshecha en la que no he follado. La rubia se va de casa sin esperarme. Mientras me pongo el abrigo, veo a la morena bailando en su cuarto, ella sola, a la Velvet Underground. Con Nico. Tengo una erección maderera. Ya no llueve. Me voy.

Recorro las calles fijándome en cada mujer que pasa, dispuesto a encontrarle el morbo a cada mujer que pasa, quedándome con un detalle absolutamente fornicable de cada mujer que pasa. O eso, o estoy enamorado del mundo, no he follado. Un poquito más tarde, ahora, escribo. La chica de la que debería haberme enamorado este verano, que es angulosa y minipectoral, pero tiene los ojos más azules y enormes, también un coqueto acento a medio polvo entre el gallego y el francés, me verá esta noche. El día 5 de diciembre pincho en una fiesta. El 23, no. Todo es raro. Empiezan los wild mood swings.

Uh, oh.

Written by Javi Sánchez

agosto 7, 2009 at 7:50 am

Historias de la ciudad fantasma (I)

with 7 comments

En las últimas dos semanas he entregado mi identidad de internet a una mujer barcelonesa, que se la llevó en una blackberrry a cambio de una noche; he bebido en una herrikotaberna rodeada de bosques (y lo que quiera que oculten) con una bilbaína de visos limitados y sexo mediocre; he padecido alergias y daños sin freno hasta cambiar la piel y el exoesqueleto como las serpientes y las arañas; fui arrinconado con dos piernas fabulosas en un oscuro sofá madrileño hasta sentirme presa y tonto y pasado, todo por cuatro besos; he bailado ilegalmente en un túnel entre luces de colores, también policiales, y de la misma legalidad que el baile fue lo provocado por mi desconocida compañera de baile; y he vuelto durante un mes a mi ciudad natal a ganarme las lentejas, olvidarme de que me han jugado (sin que yo, por una vez, quisiera, no esa noche al menos), y abrirme el cráneo para limpiarlo de cabellos negros antes de caer en la antigualla emocional recurrente.

Y ahora el tiempo se descomprime. Un mes en Salamanca, en agosto, se lo aviso por si se les ocurre, no suele dar ni para un punto y coma del párrafo anterior. No es mi vida, ni puede serla ya: en todo caso esta ciudad es la mayor de mis ex, a la que más quise, y la que más me desgarró la genitalia con anticonceptivos de herrumbre y espino. Hasta el exilio.

Por el lado bueno, no hay boca ni nombre, de ahora o antes, que le aguante la comparación a estas piedras, que pueda haberme dado más o quererme menos. Es como vivir en un esqueleto monumental en el que nada vivo puede tocarme -claro que eso no incluye a lo futurible, tan desconocido que no sé si es vivo o muerto, y ya me está liando la melena negra el teclado otra vez, joder-.

Por el lado malo, vivía a golpe de blues hipertrofiado a toda hostia, y el cambio de velocidad repentino, ya lo dicen los anuncios, es garantía de accidente. Voy a tener que fumar muchos cigarrillos y escribir demasiado para que estos días lentos y cableados pasen rápidos.

PD: Me pide una amiga cercana un riff-raff de posts de odio y escupituits ante lo ya sabido: la mierda inherente a toda relación de pareja. Pero, para qué si, por un lado, ella lo hace -el odio y el escupitajo- con rabia de lolita

(inciso, ¿será el lolitismo en las mujeres lo que el peterpanismo en los hombres? Qué referentes tan dispares para el “I don’t wanna grow up”)

y con el cadáver tan reciente que aún se lo puede follar porque no huele a cochambre. Por otro lado, todo esto del amorío pertenece a las verdades -o engaños- de cada cual. Ni siquiera tengo nada reciente que me empuje a ese tono: tengo a zorratumor a un océano de distancia -literal, con agua y husos horarios de por medio; vive a casi medio día mío, y eso es todo lo que sé y quiero saber de ella-, y ninguno de mis variados y extraños polvos me lleva a la rabia. Todo lo más a la desgana.

Written by Javi Sánchez

agosto 4, 2009 at 1:23 pm

Publicado en Trámite, Ñoñokun

Tagged with , , , ,

Desnudando a Audrey Hepburn

with one comment

Salamanca tiene una cuesta entre mi casa y mis noches, llamada de Sancti-Spiritus (con su correspondiente iglesia homónima, gótico-plateresca como suele mi ciudad, cuyos contrafuertes exentos albergan el mayor olor a pis que ha tenido nunca mi nariz) , cuya inclinación sobrepasa el 27% en un tramo. Al salir es de bajada, de subida al volver. Durante más años de los que me habrían gustado, la noche no era noche hasta que no bajaba grave y veloz, sin más impulso que levantar un pie y otro. Por eso, cuando digo que me dejo caer cuesta abajo hacia la noche, lo hago con más realidad que metáfora respaldando mis palabras. Aunque esta Madrid que es tan longitudinalmente absurda como delicadamente inclinada me niega la mayor, y sólo me deja la metáfora:

que ayer me dejé caer cuesta abajo hacia la noche, huyendo de la cita, del nombre propio -siempre epítetos para proteger el pecho, los nombres rompen corazas-, de la campanadita sincopada con el pulso, de ojos verdes cual dionaeas huía mi silueta de mosca. Y, cuando la noche es fuga y supervivencia, cuando se rueda la noche para que se destiña todo, que no haya más ojos verdes a la luz eléctrica de los faros y farolas, la vida es una road movie de corto alcance. Se estropean los planes que se hacen entre zancadas, y sólo queda el viaje: de las Ítacas huímos, señor Bloom.

Hagan lo inesperado en esas noches, de corazón arañado de esmeralda se lo digo. Vayan a un casino, escóndanse en una coctelería tan cara que pueda pasar por chic. Y finjan una edad tan interesante como maldita, plagada de divorcios y fracasos, con más ruido que música. No pretendan sinfonías ni orquesten las calles como suelen. Huyan de la propia huida, hasta que no sepan ni que están huyendo. Hasta no saber ni el nombre propio, si de otro se escapa.

Porque, si no, decidirá la noche por ustedes, con castigos extraños, con viejos con sandalias y mirada de vaso sucio acercándose en las barras. O les arrojará a la cara un striptease con mantón de manila, clavel reventón, boina chulapa, y pezones de pelirroja natural -lo cromático, que tanto dice- a ritmo de chotis burlesque, bajo vídeos de Carmen Miranda en una pantalla gigante.

Todo eso, o más, sucede cuando uno se toma la noche como una carretera que rompa los campos verdes, y resulte ser otra trampa. Entonces, se huye otra vez, se bajan otras escaleras, recorriendo pasillos espejados, aquí un salón con mesas desnudas, como un hotel fantasma o un daguerrotipo materializado. Hasta el baile, y los hombres con falda, y las mujeres extrañas y afortunadas, que ya se presentan directamente con epítetos. Entre miles de bombillas LED tricolores: de color rojo, de color azul, del color de sus ojos.

Mientras los pinchadiscos llevan caretas de dos Power Rangers. Y, en mi fuga, tardé una hora en darme cuenta de que, en la serie, ambos eran la misma persona: el blanco y el verde (no la he visto pestañear aún, no sé si esos ojos no lo hacen, o es una ilusión sincrónica, o es que es tan intensa la mirada que persiste en la retina en lo que baja y sube el anodino párpado).

Ya, al final, saliendo de otra cama, volviendo hacia mi casa cuesta arriba, amaneciéndome, anguloso, me dí cuenta de que huí del nombre antes de salir de casa. Cuando salí por la puerta, ya huía de su mirada, y a cambio estuvo toda la noche golpeándome burlesca el epíteto, el rasgo distintivo, la materia elemental femenina que yo cojo para construir una mujer ficticia a su alrededor y distanciarme así de la real.

No, en mi próxima fuga huiré de ella,  pero nunca de sus ojos. Así tenga que irme hasta Londres para ser otro, tener otro móvil, otra lista de contactos, y que no figuren sus llamadas perdidas, marcadas como “ojosverdes”. Huir del país para no engancharse a una mirada es una tremenda excusa.

Written by Javi Sánchez

mayo 15, 2009 at 12:03 pm

“Estás desperdiciando tu talento”

with 6 comments

La frase, evidentemente, no es mía, pero a mí iba dirigida. Por una persona monovital, sin mayores intenciones. Y no, no es de ayer. Lo que más me jode es que vino a cuenta de Mondo Píxel [el increíble volumen 2 de los mejores textos sobre ocio electrónico se acerca, malandrines] y  mi doble felicidad por su existencia, y mi participación en la misma.

Evidentemente, la persona que lo dijo no tiene ni puta idea ni interés alguno por el tema, y lo mejor que se puede decir de ella es que es muy siglo XX. No vamos a hablar aquí de cuáles son sus talentos -uno, porque sólo tiene uno-, ni tampoco de sus limitaciones, porque la frase es, en sí, una frontera norcoreana que dice mucho sobre el interior de la persona y la zona desmilitarizada que es su neocórtex, donde no crece ni el arroz.

(Por otro lado, me han alabado el talento este fin de semana,  a obra puesta, y no vean lo bien qué sienta. Especialmente, porque con el halago encima, me doy cuenta de dónde están las carencias y sigo metiendo llave inglesa hasta que lo escrito sea tan preciso como la pelvis de Elvis repicando en doce compases. Si tuviera que ofrecerles un único aforismo al estilo clásico, les diría: sean siempre dignos de las alabanzas que les depositen. Es buena filosofía.

De nada, por cierto.)

Miren, no soy de esos egocéntricos que le regalarían a su madre Mondo-Píxel por el día de la Ídem (una Samsung 19 pulgadas, sí, te quiero mucho, y parir mi cabezón sin cesárea tuvo que ser ciertamente jodido).  No lo necesito, no es mi madre u otros públicos no objetivos quienes tienen que apreciarlo. Soy de los otros egocéntricos: a los que les gusta lo que hacen y lo relativo a lo que hacen, y bien está que sea así para ellos. y sus pares. Sí que evangelizo a veces con los videojuegos, quién no, pero no se me ocurriría que porque alguien escriba acojonantes análisis sobre las eddas nórdicas -cosa que ni me va ni me viene-, esa persona estuviera desperdiciando su talento por no preocuparse por los entresijos comunicativos del Wiimote -si, además, sólo cambia el objeto de estudio-.

Aparte -y perdonen que no lo dialogue, estas son las explicaciones que di con cierto cabreo, pero estoy pariendo guiones en camada y estoy saturado de esa forma de expresión escrita-, el talento. Me siento un cráneo previlegiado por compartir firma con tipos tan absolutamente impresionantes como la plana pixelera. Y lo que no es firma. Es bonito, porque la sensación de orgullo, innovación y exploración de nuevos caminos es una constante. Es una hermosa colección de egos, pero muy bien puestos y agradables. Mi talento es haber conseguido estar al lado de ellos sin sonrojo, y con la misma admiración del primer día.

Que una personita de vida sin esquinas ni curvas, del grosor de un punto, me venga emitiendo ciertos juicios de valor, (y más después de saborear el viernes que soy mucho más rico en conocidos que en conocimientos, y que se dan la manita en tantos casos), no molesta. Pero ofende, y me hace pensar: estoy hasta mis viriles y no vasectomizados testes de tener que andar justificando mi actividad mental y manual -disculpar la masturbación, a estas alturas, quiá-, de pedir disculpas por saber hacer bien lo que sé hacer (y esfuerzo cuesta: cada día intento ser un poquito mejor, y desde el apocalips-ex, trato de ser la mejor persona que pueda ser. Por joder, también, para que haga mella la comparación biográfica hasta que ella sea antítesis de mí por debajo, pero eh), de encontrarme bloqueos por doquier por parte de gente que objetivamente es mediocre en comparación conmigo.

Y de que cada vez que comparto mantel, birra o baile con cada uno de mis brillantes conocidos, tenga la sensación de que así es, más o menos para todos. Es cierto, pues: estoy -estamos- desperdiciando nuestros talentos. Viviendo en un país donde la envidia y la ignorancia compiten cada día por ver cuál de las dos será discurso único. Tratando con personitas a las que todo les viene grande y que, como no escribo best-sellers ni hago crónicas políticas, piensan que me desperdicio (nada malo en esas dos dedicaciones, por dios).

Pero bueno, dos dudas que me quedaron. Una, ¿es mi talento escribir novelas o hacer periodismo de alcachofa? ¿O es la capacidad de humillar, aplastar mentalmente, reducir a cero al interlocutor cuando me busca el ninja? ¿Y si mi talento fuera el asesinato como bella arte? ¿Debería desarrollarlo en lugar de teorizar sobre semiologías interactivas?

Y dos, interlocutora: ¿estás curando el cáncer, inventando nuevos transistores, salvando negritos del tercer mundo hasta que se extingan las pobres moscas que los afligen -como se extingue la ladilla por la popularización del chocho a la brasileña: no se rían, hay estudios sobre ello. Pagados con impuestos-, revolucionando la dependencia energética del pudding de dinosaurio, inventando la erección constante, testando la píldora mágica de inagotable sabor a vainilla, fusionando átomos en frío, desarrollando la necesaria teleportación, acercando el futuro a nuestras conexiones neuronales, implantando Google en nuestros brazos, calculando el algoritmo del amor eterno, demostrando o negando de forma definitiva la existencia cuántica de DIOS, haciéndonos inmortales, liando cigarrillos que no maten ni dejen el pulmón como si la ex se hubiera cortado las uñas en la pleura, avanzando el mundo con tu paso y pulso?

No.

Pues estamos en las mismas. Yo, al menos, no tengo problemas con la inutilidad de mis textos en comparación con todas esas necesidades humanas de primer orden. La vida es, en sí, bastante inútil. Un talento desperdiciado, cada vida, si al final se acaba.

Written by Javi Sánchez

mayo 3, 2009 at 10:12 am

Publicado en De buen rollo

Tagged with , , ,

http://tinyurl.com/d4mlop

leave a comment »

Y casi muero. Por si no fuera bastante salir del antro, meter lengua, tocar culo y saber que no hay posibilidad de polvo. En la calle, en todo caso. En los 3,5º de la calle, mientras viene un autobús, y el tercero mira y baila en la parada. Con un ridículo sombrero de paja. Da igual. Me despido, “hasta la vuelta”. Volvería. Mañana mismo, o antes de irme, así es el polvo inexistente. Volvería ya, sin irme. Puto dentista, puta vida, puta casapadres, casi muero.

Porque despierto al taxista cuando les dejo en la parada, y veo en sus ojos algo peor, mucho peor que mi reflejo. Y, efectivamente, llega la primera rotonda, línea recta para él, mientras anoto mentalmente y distraído un principio de post, “no es secreto que me ponen las tías más altas que yo…”, cuando me pego el hostiazo contra el respaldo delantero.

Y mira, mira que se lo digo al colega, que no corra -el otro taxi, todo legal, carril correcto, nos ha esquivado de milagro-, que no hace falta. Se lo digo muchas veces, en la estación de autobuses, tomando café. Pero ahí va, corriendo -estamos en medio de cuatro carriles, hijodeputa-, y no me hace caso. Venga que te corre. Fíjate, el autobús -no el autobús, el Juggernaut, coño, en una perpendicular tan exacta que lloran los matemáticos muertos al verla en la naturaleza: sé que lloran, porque están al otro lado de la luz, tan cercana ahora-. Y no se para. Si es que qué prisa habrá, muchacho, qué prisa -y nos sube a la rotonda, al cesped, a la bandera, mientras nos palpa el culo el autobús, con la misma violencia que yo palpaba hace cinco minutos de polvo logistícamente imposible-. Ay, muchacho. Yo tomo café, no creas. Yo lo tomo con el amigo de antes, pero mira cómo ha corrido. ¿Te has dado ahí? -hn, qué, ah, el respaldo debe ser el ahí charro, esta vez; no no, lléveme a casa ya- Esto es una mierda, no veo nada, los años no perdonan, no te importa este semáforo, llegamos antes, no te quiero gastar los dineros, muchacho, cuál es tu portal -en la esquina, en la puta esquina, y estoy casi llorando mientras lo digo, casi muero-. Mejor me meto aquí y no molesto. ¡Joder! -un bolardo entero, en la puerta de mi casa, adiós mis excusas, tengo un vecino en la ventana y un taxsta mucho peor que yo, pero la vergüenza es mía- Dame, dame. Un segundito que te devuelvo, es que casi no veo con este amanecer -no, quédese todo, los cinco euros, tengo más si quiere, me bajo ya-. Gracias, muchacho, un café a tu salud, y no te preocupes, que yo le digo que no corra.

Al bajar, casi me estampa, me roza la bota y anoto su matrícula para cuando vuelva aquí yo, a Salamanca, a buscar culo y venganza. Abro la puerta. El demente pater familias de la puerta de al lado (otra historia, será contada, tal vez) abre y mira, sonríe demente. Y yo saludo, entro. Me ducho, desayuno, tengo dentista en tres horas. Escribo aquí. Corto y pego y me descojono, despertando a mi madre. Casi morir, es sólo otro ejercicio de teclas. Me descojono: esto soy.

Written by Javi Sánchez

abril 17, 2009 at 6:20 am

Publicado en Uncategorized

Tagged with , , ,

Aviónica

with 5 comments

[Adoro a mi madre por encima de todas las cosas. No se pasen ni media con ella si comentan. De mí, ya saben: poco pueden hacerme que no me haya hecho ya alguna ex, o el coche que me atropelló cuando tenía nueve o diez años]

Me mata estar en la casa de mis padres estos días, y no poder escribir más de diez líneas sin ser interrumpido por ese defecto atroz del habla salmantina: hay una incapacidad en la meseta para definir los objetos de la conversación y su ubicación espacial. “Te cojo esos” ¿Cuáles? “Los de ahí” Me rindo. “Esos de ahí, los de encima” Tú estás cocinando y yo estoy en la habitación del cablemódem. “Ven a tu habitación”

(No es mi habitación. Es mi ex habitación. Es un cadáver. Un cuarto. Y como hace toda madre, lo tienes embalsamado en unos años con los que ya ni siquiera me identifico. Vas acumulando otras cosas. Libros, cuadros que ya no quieres, ropa que no es mía y que ya no usáis ninguno de los dos. Está genial para ser un arqueólogo de identidades, un forense de adolescencias, lo sé. Uno de mis tíos vive en Alicante desde antes de que yo naciera, y en casa de mi abuela, siempre fue “la habitación de José Luis”, mezcla de almacén y de quien carallos fuera ese tío mío cuando fue salmantino. Allí le he buscado yo, adivinando poco a poco porque fue el primer miembro de mi familia materna directa en escapar de Salamanca. Imagino que influyó para que yo fuera el segundo.

Pero yo no tengo hermanos ni hermanas. Ningún sobrino mío va a repasar los libros para adivinar cuáles eran los míos y cuáles los que han acumulado allí -fácil, si están Irvine Welsh y Danielle Steele, García Montero y Almudena Grandes,  cohabitando la misma estantería, en un fornicio literario absolutamente contra natura-. Nadie va a planear su fuga de la ciudad dorada siguiendo mi poco edificante ejemplo, y pidiéndole consejo a Sandy, mi demonio tengú tallado en hueso de yak que cuelga enfrente de mi cama.

Y la mujer de mi tío, al menos, siempre ha sido espectacular motivo para cualquier fuga: la ciencia forense es un apoyo a la investigación, no la solución al caso per se.

No es mi habitación: no hay wifi)

Así que vamos al cuarto, donde mi madre dice “Javierito, esos”. No le veo los ojos mientras lo dice, ni mueve las manos al hablar. ¿Los cables? “No” ¿Los juegos de la Play 2? [God Hand, Disgaea II, God of War, Dragon Quest VIII] , “No, los pantalones” ¿Los cuatro pantalones que están encima de la única silla de este cuarto? “De tu habitación” Del cuarto. ¿Qué pasa con ellos? “¿Cuáles son para lavar?” Los Levi’s desgastados de costura diagonal, rotos en la pata -por cuatro años de electroclash y britpoperío y otros bailes, no digo. Podría enumerar el rostro y dos circustancias de cada mujer delante de la que han caído esos pantalones en concreto, y el día que me los compraron, en el que nació Ian Curtis: mi cumpleaños. No digo nada de eso-. “¿Cuáles” Esos, mamá. “Ah, haberlo dicho”.

No hay ironía en esto. Los salmantinos son perfectamente capaces de orientarse así. Debe haber algún rasgo fenotípico de la zona que proporciona telepatía de bajo nivel orientada a objetos. No lo tengo. ¿Seré adoptado? He visto a varias personas que, entre loísmos y voces, son capaces de organizar una cena para 30 individuos con media docena de “pon esos ahí”. Si fuera general en guerra, haría una brigada charra de comunicaciones que repartiría entre todas mis divisiones y ni me molestaría en encriptarlas: sin intérprete, yo tampoco sabría dónde coño va a comenzar la contraofensiva. La hora, sí, porque el “luego” charro, en sus noventa y cinco variantes, lo domino como pocos. Pero eso es más por tener pito, y porque el tiempo en las noches es más elástico que líquido.

Igualmente, vuelvo al cuarto del ordenador, borro y empiezo este texto porque ya he olvidado las cuatro líneas que tenía escritas del otro, y leyéndolas no sé dónde iba yo con ellas, ni con este título. ¿Aviónica? ¿De verdad iba a hablar de las alucinaciones con el Gradius que tuve en el Cubic hace dos noches a ritmo de electro y hasta las tetitas? ¿Lo de la alemana, tal vez? ¿Cuálo? [charrismo] Soy salmantino defectuoso, está claro.

Entonces, más o menos cuando yo estaba rememorando-barra-tecleando los polvos y amores que eché con esos, mis primeros pantalones vaqueros no-negros desde los 15 años, mi madre terminó de cocinar y me reclamó de nuevo. “¿Qué hago con estos?” Pero, por la dirección de su voz y el tiempo transcurrido, yo ya estaba enumerando los pertinentes estos que podía haber en los bolsillos de esos. Incluyendo la prórroga caducada del permiso de residencia de mi ex, que encontré en mi bolso del portátil al bajar del autobús, y guardé distraídamente en mi bolsillo del culo. Ni idea de por qué estaba ahí. Ni de que ella me hubiera cogido nunca el bolso.

Tíralos, sin despegar las manos del ordenador. “Vale” Gracias, y termino el post.

Written by Javi Sánchez

abril 11, 2009 at 5:14 pm

Publicado en Trámite

Tagged with , , ,